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Agosto de 1812 los aliados en Madrid

Como consecuencia de la batalla de Los Arapiles, los franceses tuvieron que evacuar la capital y los aliados llegaron a Madrid en Agosto de 1812.

Agosto de 1812 los aliados en Madrid

Como consecuencia de la batalla de Los Arapiles, en tierras salmantinas, el 22 de julio de 1812, en la que los aliados británicos, portugueses y españoles vencieron a las tropas imperiales, José I y los franceses tuvieron que ir pensando en hacer las maletas y desalojar Madrid, pues lo primero que le pasó por la cabeza al comandante en jefe aliado, Lord Wellington, fue dirigirse a Madrid.

 

Antes de mediados de agosto, los franceses había evacuado la capital y los aliados se prepararon para entrar con la pompa debida. Por todos los rincones de la hambrienta ciudad se escuchaban vivas a España, a los ingleses, antaño enemigos, y ahora, sin embargo preclaros aliados…y alabanzas a un tal “Vuellintón”, “Belintón”, “Vellistón”, que vaya usted a saber los nombrecitos que se gastan los hijos de la pérfida Albión. Así que la gente de Madrid pronunciaba como buenamente podía el complicado nombre del victorioso general inglés. Las mujeres lloraban de alegría y ofrecían velas a la castiza Virgen de la Paloma y al niño Jesús.

 

Aliados en Madrid-2 Aliados en Madrid-2

Casi cuatro años habían pasado desde que Napoleón reocupase la ciudad. El mismo emperador tuvo que darse una vuelta por aquí y poner en firme a sus ejércitos tras la derrota de Bailén de julio de 1808, que había supuesto que José pusiese pies en polvorosa ante la cercanía de las victoriosas fuerzas españolas. Pero el “Pequeño Corso” vino, vio y venció, como Julio César, restableciendo en su trono a su hermano mayor. Desde entonces los madrileños esperaban con gran emoción la esperada liberación. Y aguardaron pacientes desde primeras horas de la mañana y bajo la canícula de agosto la aparición de sus valientes héroes. Y esperaron, y esperaron, y esperaron…hasta que poco después de las nueve de la noche del 12 de agosto de 1812, un gran repique de campanas y una enorme ovación que se iba extendiendo por toda la ciudad y que salía de las gargantas exhaustas de miles de madrileños que habían sobrevivido mal que bien al “Hambre de Madrid”, anunció la llegada por la calle de Alcalá y hacia el Ayuntamiento de la Plaza de la Villa del desfile. Un desfile que incluía las partidas de los guerrilleros castellanos, con sus jefes al frente: Juan Martín Díaz, el Empecinado; Juan Palarea, el Médico; Manuel Hernández, el Abuelo; y Francisco Abad, Chaleco. Atravesaron en su camino una abarrotadísima Puerta del Sol, continuaron por la calle Mayor entre el gentío, saludaron al Ayuntamiento y siguieron hacia la Puerta de San Vicente, la de Sabatini, junto a la Montaña del Príncipe Pío. Aquí recibieron a sir Arthur Wellesley, Lord Wellington, que iba acompañado para la ocasión por los generales españoles Álava (que había combatido en Trafalgar y lo haría después en Waterloo), España (de lúgubre recuerdo para los liberales) y el Conde de Amarante, al frente de las tropas regulares. Después, todo juntos se dirigieron al Consistorio, donde las autoridades municipales agasajaron a los mandos. Si bien Wellington, hombre adusto y altanero, procuró corresponder con fría cortesía a las manifestaciones de sincera alegría de la población, los generales y los guerrilleros españoles se dejaron llevar por el delirio de sus compatriotas y correspondieron como manda el meridional carácter hispano a la demostración madrileña, fundiéndose en abrazos con el paisanaje, anta la mirada atónita del estirado aristócrata británico, que no daba crédito a tamaña demostración de cariño popular. Al fin y al cabo, él era un Lord inglés y no podía permitirse tal manifestación de sentimientos. ¿Qué es eso de mezclarse con la plebe? El verdadero héroe del día fue el Empecinado, cuyas hazañas eran de todos conocidas.

 

Las tropas británicas se fueron acuartelando con marcialidad y disciplina en los lugares dispuestos para ello. Wellington fue alojado en el Palacio Real. Inmediatamente ordenó colocar en las esquinas un “orden del día”, que parecía más propio del sanguinario Murat que del comandante en jefe de un ejército libertador. Decía así:

 

Aliados en Madrid-1 Aliados en Madrid-1

“Cuartel General de Madrid

12 de agosto de 1812.

 

Los habitantes de Madrid deben tener bien presente que su primera obligación es la de mantener el orden y prestar a los ejércitos aliados cuantos auxilios estén en su poder para continuar sus operaciones.

La Constitución establecida por las Cortes en nombre de su majestad Fernando VII será proclamada a la formación del Gobierno de la Villa, según la forma que ella prescribe. Entre tanto deben continuar las Autoridades existentes en el ejercicio de sus funciones.

 

Lord Wellington

Duque de Ciudad Rodrigo “

 

Los franceses habían dejado en sus cuarteles del Retiro una guarnición, que al día siguiente se rindió a los ingleses: 2000 hombres con sus correspondientes piezas de artillería, unas 200 en total. La población de Madrid, que sufría hasta ese momento una hambruna pavorosa, ahora mitigada en parte por el restablecimiento de las comunicaciones, parecía olvidar sus problemas vitales contemplando con entusiasmo a los guerrilleros y la marcialidad de los británicos, con sus uniformes de lujurioso color rojo. Especialmente admirados fueron los “highlanders” escoceses, con sus faldas características, de quienes decía la gente que eran “los menos herejes” de entre todos los británicos, pues se les solía ver en las iglesias y portando al cuello algún que otro objeto religioso.

 

Wellington fue acusado por el populacho de poco cortés, frío y distante. Y tenían razón, pues así era este lord inglés, quien además permaneció todo el mes de agosto en Madrid, sin intención, al menos de momento, de mover un dedo y correr en pos de los franceses, que era lo que a todo el mundo le parecía lo más natural que hubiese hecho. No debía estar tan mal Wellington acantonado en los Madriles, plenos de animoso y acogedor gentío. Aun así, circulaba por las calles de Madrid una cancioncilla que alababa las virtudes del inglés y que decía así:

 

“Velintón en Arapiles

a Marmón y a sus parciales

para almorzar les dispuso

un gran pisto de tomaáááátes.

Y tanto les dio,

que les fastidió;

y a contarlo fueron

a Napoleón.

¡Y viva la nación!

¡Y viva Velintón!”

 

El Marmón de la cancioncilla era el mariscal francés al mando de las fuerzas imperiales, derrotadas en los Arapiles.

 

Por fin salió Wellington de Madrid el 1 de septiembre, al frente del cuerpo principal de sus tropas. La noche anterior quiso agasajar a la alta sociedad madrileña y a las autoridades municipales con un baile, en pago a sus desvelos y a la simpatía desplegada por todos ellos. Suponemos que dado su carácter, algo le costaría poner en práctica el festejo, pero sabía que por cortesía, era lo mínimo que podía hacer para compensar la jovialidad y generosidad del pueblo madrileño, cuyo vigor y ánimo estaban tan mermados a causa de los largos años de guerra.

 

Los guerrilleros también marcharon y solamente permaneció una guarnición inglesa en el Retiro. Como gobernador militar de Madrid quedó el general Carlos España, a quien no le faltó tiempo para establecer represalias contra los pocos afrancesados y sus familias que habían osado mantenerse en la hostil capital española.

El entusiasmo con que fueron recibidos los aliados se fue apagando poco a poco pues la miseria generalizada no disminuía: el precio del pan seguía por las nubes y los impuestos establecidos en época de José I continuaban en vigor como si tal cosa. Además no se producían noticias de nuevas victorias militares en el campo de batalla y se decía que los ingleses regresaban a sus seguras bases portuguesas. Las tropas inglesas del Retiro tampoco es que confraternizasen demasiado con el pueblo de Madrid, y los franceses amenazaban con volver. Lo hicieron finalmente el 1 de diciembre de este mismo año, con el rey intruso al frente. Total, que toda la alegría suscitada por la venida de los aliados quedó pronto en agua de borrajas. Había que seguir esperando.

 

El 30 de octubre, los últimos británicos salían de Madrid tras volar como quien no quiere la cosa, lo que quedaba de la Real Fábrica de Porcelana del Retiro, la “China”. La población sospechó que había sido un ataque alevoso a la industria nacional, que en sus buenos tiempos había competido con la porcelana de fabricación inglesa. Y con la francesa.

Madrid quedó pues, abandonada a su suerte. Las autoridades civiles y militares que pudieron y quisieron, tomaron las de Villadiego ante la cierta proximidad de los franceses. Entonces surgió la poderosa figura de Don Pedro Sainz de Baranda. Pero ésta es ya otra historia…

 

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Bibliografía, Créditos y menciones

Texto y fotografías propiedad de Diego Salvador

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