Rutas con Historia

El dos de mayo de 1814

Artículo que nos narra los acontecimientos sucedidos el dos de mayo de 1814 durante los actos de conmemoración a los héroes del dos de mayo de 1808

El dos de mayo de 1814

Inmediatamente después de los acontecimientos del Cuartel de Monteléon del dos de mayo de 1808, los cuerpos sin vida de los que fueron designados como sus máximos protagonistas y héroes, los capitanes Daoíz y Velarde, fueron enterrados en la iglesia de San Martín. Este templo fue demolido en tiempos de José I. razón por la cual los restos de tan insignes militares yacían bajo el solar desnudo, anejo al convento de las Descalzas Reales.

Finalizada la guerra y como quiera que las autoridades pensaron que este lugar ya no era digno del eterno descanso de los héroes de Monteleón, procedieron a exhumar sus restos delante de los compungidos madrileños, entre los que se encontraban sus familiares. Pero para la ocasión no sólo fueron exhumados los restos de los afamados capitanes, sino los de hasta el momento anónimas víctimas de tan siniestra jornada.

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El Real Cuerpo de Artillería hizo entonces construir un gran carro triunfal para trasladar los cuerpos de los ilustres capitanes. El carro transportó en elegantes féretros cubiertos de armas y trofeos, palmas y coronas de laurel lo que quedaba de Daoíz y Velarde. En la parte delantera del carruaje se instaló una estatua que mantenía abierto un libro por una página en la que simplemente se leía una escueta máxima: “Imitadlos”. El león que simbolizaba España estaba a los pies de la escultura y destrozaba con sus garras las derrotadas águilas francesas. En la parte anterior del carro se representaban las columnas de Hércules con el lema de Cristóbal Colón “Plus Ultra”, y debajo de éstas, un conjunto de trofeos militares. La magnífica carroza se expuso al público en el antiguo Parque de Artillería de Monteleón durante todo el primer día del mes de mayo de 1814.

Al día siguiente, dos de mayo, los madrileños se dieron cita en el Campo de la Lealtad, hoy día Plaza de la Lealtad, donde se alza el Monumento a los Héroes del Dos de Mayo, inaugurado en 1840. En este lugar se celebró una misa en recuerdo de las víctimas inmoladas allí ese luctuoso día de 1808. Desde el parque de Monteleón partió la carroza que llevaba los restos de Daoíz y Velarde, constituyéndose una marcial comitiva fúnebre. El cortejo se dirigió por la calle Ancha de San Bernardo (hoy calle San Bernardo) y la Cuesta de Santo Domingo hacia el nuevo edificio de las Cortes (actual Senado). Aquí esperaban los diputados a los que se unieron las demás autoridades, quienes acompañados de los familiares de las víctimas se dirigieron en solemne comitiva al Prado y al Campo de la Lealtad. Aquí se incorporó un carruaje más modesto que el que portaba a Daoíz y Velarde, con una gran urna con los restos de más víctimas. Todos juntos iniciaron un desfile que habría de conducirlos por la Carrera de San Jerónimo, Puerta del Sol, calles de Carretas y Atocha hasta la de Toledo, para finalizar el recorrido en la iglesia de San Isidro, patrono de Madrid.

Colocadas las urnas de los muertos en un catafalco y tras horas de oración y honras fúnebres, a las cinco de la tarde concluyó el emotivo acto con descarga de fusilería y cañones. No hubo un dos de mayo en Madrid como éste de 1814, donde la emoción y el dolor, sentimientos encontrados, se dieron la mano para honrar a las víctimas de la jornada de 1808, y donde liberales y serviles rindieron su tributo ante un mismo altar. Seguramente por primera vez y por última.

Los espectadores conocieron de primera mano a todos aquellos ilustres varones que habían sido los promotores y padres de aquello que en su mayoría no comprendían y que se llamaba Constitución de Cádiz. Entre todos los diputados destacaba el joven pero ya célebre orador Martínez de la Rosa, reconocido caudillo del Congreso por la mayoría de los diputados. Muchos de ellos fueron muy pocos días después arrojados a viles calabozos, encerrados en presidios africanos o escaparon por patas, víctimas de la persecución servil desencadenada a instancias del Deseado Fernando VII. El rey había firmado un decreto dos días después del emotivo dos de mayo por el que abolía la Constitución, las Cortes y todos sus actos, pretendiendo borrar de un plumazo la Historia, seis años de acontecimientos y retrocediendo hasta 1808 como si nada hubiese pasado en España. El convulso siglo XIX continuaba así su andadura, un largo y tortuoso camino que continuó durante gran parte del siglo XX, un prolongado período de nuestra historia que se caracterizó, a mi juicio, por una irreconciliable división en dos Españas, cuyos episodios más catastróficos han sido cuatro guerras civiles en poco más de cien años.

 

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Bibliografía, Créditos y menciones

Texto y fotografías propiedad de Diego Salvador

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