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Asalto al tren Correo de Andalucía

El Asalto al tren Correo de Andalucía o Asalto al tren Expreso de Andalucía, fue primera plana en todos los periódicos durante los meses de abril y mayo de 1924

Asalto al tren Correo de Andalucía

El Asalto al tren Correo de Andalucía, también conocido como Asalto al tren Expreso de Andalucía, fue primera plana en todos los periódicos durante los meses de abril y mayo de 1924. Recién instaurado, como quien dice, el Directorio Militar del general Miguel Primo de Rivera. Y fue tan sonado por la participación, entre otros, de los que por entonces se llamaban “señoritos” y por la brutalidad del crimen cometido, que dejó dos asesinados. Amén del suicidio y las sumarísimas ejecuciones posteriores.

 

El primer instigador de tan tremendo suceso fue José María Sánchez Navarrete, hijo de un teniente coronel de la Guardia Civil, que en aquellos momentos carecía de oficio reconocido y se dedicaba a la vida nocturna. Contrajo a consecuencia de ello fuertes deudas de juego. A José María, que había conocido tomando una copa al cubano José Donday, y con quien comenzó un romance, se le ocurrió la peregrina idea de dar un golpe fácil y sencillo en el tren correo de Andalucía, para conseguir dinero fácil y en abundancia, el que acabaría con sus problemas. Los suyos y los de Donday, otro cachorro de familia acomodada, si bien no en demasía. Ambos podían pasar perfectamente por señoritos, según la jerga de la época. Sánchez Navarrete hablaba de un botín de un millón de pesetas de las de entonces. Pero ni él ni Donday eran hombres de acción. Necesitaban reclutar a alguien más “echao p’alante”. El instigador contactó así con el dueño de una fonda de la calle Infantas, Honorio Sánchez Molina, que también andaba el hombre con problemas derivados de los naipes y las correrías nocturnas. Una vez puesto al día del plan, Honorio no se atrevió tampoco a ir solo en compañía de dos señoritos de los que sospechaba eran homosexuales y amantes, y a quienes veía ciertamente frágiles. Por ello, como el asunto le atraía, seguramente por su propia desesperación, llamó a un amigo suyo, que se movía bien en los bajos fondos, Antonio Teruel, con sus propios y serios problemas económicos, acrecentados por no poder proporcionar a su mujer, a la que quería con locura, la vida que ella merecía. La banda ya estaba compuesta de cuatro integrantes, pero el tal Teruel, que por entonces confeccionaba jaulas para pájaros, no quiso ir tampoco sólo a la aventura con dos señoritos de dudosa moral y un compinche, Honorio, del que tampoco se fiaba demasiado, y al que consideraba un blando, como así se demostró. Así que se trajo a otro facineroso, Francisco Piqueras, alias Paco el Fonda, individuo muy poco recomendable, pero que también andaba metido en deudas.

 

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Reunidos los cinco delincuentes, presuntos unos, de hecho otros, José María Sánchez, promotor y cabeza pensante del asunto, expuso su plan definitivo, que creía sencillo de planear y más fácil de ejecutar. Pero, para asegurar aún más el éxito del mismo, embaucó y embarcó en el tinglado a un empleado de correos del Expreso, un hombre de gran corpulencia llamado Ángel Ors, a quien conocía de los tiempos en que el propio Sánchez trabajaba en el ferrocarril y con quien mantenía excelentes relaciones. Honorio excusó con argumentos relacionados con su negocio, su presencia en el asalto, y esperaría en Madrid a que el resto de la banda llevase a buen término el plan de Sánchez Navarrete. Por fin, con la ayuda de Ors, subirían al tren el propio Navarrete, que actuaría en complicidad con el ambulante de correos de esa noche, el propio Ors, junto con los otros dos maleantes de verdad, Antonio Teruel y Paco el Fonda. José Donday, a quien los otros miembros de la cuadrilla apodaban el Pildorita, por su afición a los fármacos y las drogas, fue encargado de hacerse con un vino narcotizado con el que dormir a los dos empleados del correo: al cómplice Ors y al compañero que le tocó en suerte (muy mala, pésima, por cierto) esa noche, un tal Santos Lozano. Además, Donday debía preparar la huida después del golpe. Ya estaba todo listo, entonces…

 

Pero las cosas no salieron como debían. Con el dinero que necesitaba Donday para comprar el narcótico, se fue a jugar la tarde antes de ponerse en marcha, y lo perdió todo por su mala cabeza de ludópata consumado y redomado. Así que, con más miedo que vergüenza, entregó a los participantes directos en el atraco un coñac mondo y lirondo. Otras fuentes hablan de vino. En todo caso, una botella de líquido espirituoso de cierta graduación alcohólica.

 

Llegaron los tres compinches al tren expreso de Andalucía en la estación de Aranjuez, adonde habían llegado en otro tren desde Madrid. Era viernes de dolores, el 11 de abril de 1924. Llamaron a la puerta del vagón correo, que estaba estropeada, por lo que Ors, les abrió directamente la ventana para que entrasen por ella. A todo esto, Donday se había desplazado hasta Alcázar de San Juan en un taxi con chófer, y les esperaba cenando.

 

Dentro del vagón, José María saludó a los dos empleados de correos a los que conocía, presentando como amigos suyos a Teruel y al Fonda. Sánchez Navarrete se puso a charlar amistosamente con Ors, y les ofreció unas copichuelas del brebaje suministrado por el Pildorita tanto a Ors como a Lozano, con la esperanza de que inmediatamente se quedasen dormidos y poder actuar con tranquilidad. El caso es que no se dormían ni a tiros, pues debieron tomar una copa solamente, y que además carecía del narcótico correspondiente. Teruel y el Fonda, como peligrosos maleantes que eran, comenzaron a ponerse muy nerviosos y la emprendieron a golpes con los empleados con una enorme tenaza, antes los sorprendidos ojos de Navarrete. A Lozano le despacharon en breve, pero Ors era un hombre muy fuerte y se enfrentó a los atracadores, no ya en defensa del dinero y las joyas que llevaba el vagón, sino para defender su propia vida. Por muchos golpes de tenaza que le propinó Teruel en la cabeza, no caía. Finalmente el propio Teruel le descerrajó un tiro en el pecho y otro en la mandíbula que mandaron al pobre Ors al otro barrio. Una vez muertos los dos empleados de correos, los facinerosos se pusieron manos a la obra y a abrir las sacas, con tan mala suerte que después de haber cometido tan horrendo crimen, el botín conseguido era más bien exiguo. Como quiera que Sánchez Navarrete pidiera explicaciones a sus dos compinches sobre tan violenta y desorbitada actuación, éstos le soltaron a bocajarro que no podían dejar con vida ningún testigo de su enorme fechoría.

 

Abandonaron el tren al llegar a la Estación de Alcázar de San Juan, donde les esperaba el Pildorita con su taxi alquilado. Segundo error de Donday. No pusieron muy buena cara al ver al chófer, pues sin duda podría ser un testigo molesto. Afortunadamente para el pobre hombre no le tocaron un pelo, aunque éste empezó a sospechar. Aún así, al ser de noche no les vio la cara, emprendiendo el viaje de vuelta a Madrid. Posiblemente la circunstancia de nocturnidad y oscuridad, le salvó la vida al conductor.

 

El Expreso de Andalucía continuó su camino con su siniestra carga. En la siguiente estación, el empleado de Correos que debía recibir las sacas se extrañó que no hubiese luz. Llamó a la puerta del vagón y, al no obtener respuesta, avisó a la estación de Córdoba, donde se descubrieron los dos fiambres. Las autoridades competentes fueron extremadamente veloces en acometer las investigaciones, puesto que ya en la madrugada del 12 de abril, al poco de haber vuelto los delincuentes a Madrid, la policía madrileña estaba al tanto del horrible suceso y comenzaba sus pesquisas.´

 

Los componentes de la banda, bastante chapuceros cono vemos, continuaron su reguero de huellas. Fueron vistos por un churrero y un par de serenos, que sospecharon de tan extraño grupito. No era para menos: dos aparentes señoritingos y dos miembros del lumpen en teórica amigable compañía. La policía se presentó en el domicilio de Antonio Teruel, donde los asesinos habían repartido a partes iguales el miserable botín que tanta sangre había costado. Y que aún costaría más. La policía detuvo a la pobre mujer de Antonio, que nada sabía, y éste, escondido en las buhardillas del edificio, se vio tan acorralado y tan desesperado que se metió un tiro en la sien, después de haber escrito una carta a su mujer, contándole el pastel. La policía descubrió parte del botín en casa de Teruel y lo demás, ya fue coser y cantar. A Sánchez Navarrete lo detuvieron en su propio domicilio, delante de las narices de su madre y de su padre, el teniente coronel de la Guardia Civil, quien, avergonzado, no daba crédito a la que había armado su hijo. Paco el Fonda, que ya tenía sus propias cuitas con la justicia, fue apresado en un tren en el que viajaba a Portugal. Y Honorio Sánchez, que no había participado en el asalto, fue detenido en una finca de su familia en Ciudad Real, donde se hallaba escondido. Pildorita salió por patas del país, llegó a París, y se entregó en la embajada española. Desde allí, se le trajo de vuelta a España para ser juzgado por el tremendo crimen en el que no había participado directamente, aunque sí como cómplice.

 

El gobierno del dictador Primo de Rivera, deseoso de mantener a toda costa el orden en el país (que para eso se había dado un golpe de estado meses antes) no se anduvo con chiquitas y los cuatro supervivientes de la banda fueron juzgados en consejo de guerra sumarísimo el 7 de mayo, pocas semanas después de los hechos. Como resultado de las acusaciones de robo consumado y doble homicidio, tres condenas a muerte: para José María Sánchez Navarrete, para Honorio Sánchez Molina, y para Paco el Fonda. Durante la vista, todos echaron la culpa de lo sucedido al suicidado Antonio Teruel, pero no sirvió de nada. José Donday salió bastante bien parado: 20 años de prisión. Si bien es cierto que Sánchez Molina no había participado directamente en el crimen, fue acusado por el fiscal de instigador del mismo, cuando en realidad había sido Sánchez Navarrete.  

 

Los condenados fueron ejecutados, con ese vetusto sistema de matar tan castizo y tan español, el garrote vil. Solamente el Fonda mantuvo dignidad ante la proximidad de la muerte.

Asalto al tren correo de Andalucia-2 Asalto al tren correo de Andalucia-2

 

 

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Bibliografía, Créditos y menciones

Texto y fotografías propiedad de Diego Salvador

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