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Primera Guerra Carlista 1833-1840

Primera Guerra Carlista fue una guerra civil que se desarrolló en España 1833 y 1840 entre los partidarios del infante Carlos de Borbón y defensores de Isabel II

Primera Guerra Carlista 1833-1840

La Primera Guerra Carlista fue una guerra civil que se desarrolló en España entre 1833 y 1840 entre los carlistas, partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón y de un régimen absolutista, y los isabelinos, defensores de Isabel II y de la regente María Cristina de Borbón, cuyo gobierno fue originalmente absolutista moderado y acabó convirtiéndose en liberal para obtener el apoyo popular. Su lema Dios, Patria y Rey, resumido en el binomio Trono y Altar, articula toda la teoría oficial política. A estos elementos se suma la defensa del foralismo particular de cada uno de los territorios, aspecto que va tomando fuerza a medida que avanza la guerra, así como la defensa de la religión. Los defensores del carlismo pertenecían sobre todo a un mundo rural, pequeños propietarios empobrecidos, artesanos arruinados, que ven con recelo las reformas, pero también la pequeña nobleza y parte del clero. Se desarrolló en la zona norte de España, sobre todo en el País Vasco, Navarra y zonas de Cataluña, Aragón y Valencia.

 

Antecedentes históricos:

 

La guerra la planteó  Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, por la cuestión sucesoria, ya que había sido el heredero al trono durante el reinado de su hermano Fernando VII, debido a que éste, tras tres matrimonios, carecía de descendencia. Sin embargo, el nuevo matrimonio del rey y el embarazo de la reina abren una nueva posibilidad de sucesión. En marzo de 1830, seis meses antes de su nacimiento, el rey publica la Pragmática Sanción de Carlos IV aprobada por las Cortes de 1789, que dejaba sin efecto el Reglamento de 10 de mayo de 1713 que excluía la sucesión femenina al trono hasta agotar la descendencia masculina de Felipe V. Se restablecía así el derecho sucesorio tradicional castellano, recogido en Las Partidas, según el cual podían acceder al trono las hijas del rey difunto en caso de morir el monarca sin hijos varones. No obstante, Carlos María Isidro, no reconoció a Isabel como Princesa de Asturias y cuando Fernando murió el 29 de septiembre de 1833, Isabel fue proclamada reina bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón Dos-Sicilias, y Carlos en el Manifiesto de Abrantes mantuvo sus derechos dinásticos, llevando al país a la Primera Guerra Carlista. La cuestión dinástica no fue la única razón de la guerra. Tras la Guerra de la Independencia, Fernando abolió la Constitución de 1812 pero tras el Trienio Liberal (1820-1823), Fernando VII no volvió a restaurar la Inquisición, y en los últimos años de su reinado permitió ciertas reformas para atraer a los sectores liberales, que además pretendían igualar las leyes y costumbres en todo el territorio del reino eliminando los fueros y las leyes particulares, al tiempo los sectores más conservadores se agrupaban en torno a su hermano Carlos.

Problema político-ideológico: en torno a Carlos se habían agrupado los sectores absolutistas más radicales, reaccionarios y tradicionalistas, preocupados por el giro de moderación que Fernando VII había dado en los últimos años de su reinado y que la regente María Cristina había continuado. Bajo el lema de "Dios, Patria, Rey y Fueros" defendían:

 

  • La monarquía absoluta de origen divino.
  • Posiciones ultracatólicas: defensa de la preeminencia de la Iglesia católica, la vuelta de la Inquisición y rechazo de las desamortizaciones eclesiásticas.
  • Defensa de la foralidad: los fueros eran leyes propias y diferentes que todavía poseían algunos territorios (Navarra, Vizcaya, Álava y Guipuzkua) y que el afán uniformizador de los liberales ponía en peligro. La población de los territorios forales se veía beneficiada por tener su propio gobierno, jueces, su propio sistema fiscal con menos impuestos y por no estar sometidos a quintas.
  • Rechazo frontal del liberalismo económico: rechazo de la libertad de comercio e industria y de la propiedad privada libre y moderna.

 

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El carlismo encontró apoyo social en las regiones del norte de España (País Vasco, Navarra y parte de Aragón, Cataluña y Valencia) y especialmente en las áreas rurales. En sus filas se encontraba parte de la nobleza rural, importantes sectores del clero bajo y medio y una masa popular compuesta por artesanos arruinados, pequeños campesinos propietarios y arrendatarios enfitéuticos que se vieron negativamente afectados por las reformas liberales (abolición de los gremios, arrendamientos de particular a particular a corto plazo y móviles, con pagos monetarios y facilidad para la expulsión de las tierras).

 

En el proceso bélico se pueden distinguir cuatro fases:

 

a) Desde el 1 de octubre de 1833, en que el Infante D. Carlos toma el título de Rey de España, comienza el enfrentamiento. En principio, son partidas rebeldes, con escasa estructura militar que Zumalacarregui organizará en un verdadero ejército, frente al ejército regular cristino. Además, se produce una relativa delimitación de zonas de influencia que tienden a ser limpiadas de los enemigos. Esta fase finaliza con la muerte del General Zumalacárregui en el asedio de Bilbao el 23 de julio de 1835. 

b) Desde el verano de 1835 hasta octubre de 1837, la guerra sale del ámbito regional al nacional. Luis Fernández de Córdoba toma el mando del ejército cristino -posteriormente lo hará Espartero. En estos años tienen lugar las principales acciones del carlismo fuera de su zona de influencia. El general Gómez atraviesa España desde el País Vasco hasta Cádiz y Don Carlos dirige la expedición real hasta las puertas de Madrid. Espartero rompe el sitio de Bilbao, que se inició en junio de 1835 y que se mantuvo mucho tiempo por el afán de ocupar una ciudad y la necesidad de prestigio internacional del carlismo por razones financieras. Las guerrillas carlistas no son fáciles de reducir y éstas obtienen una clara victoria en el Maestrazgo. 

c) Desde octubre de 1837 al mes de agosto de 1839 la contienda se decanta a favor de los gubernamentales. El 15 de octubre de 1837, D. Carlos se repliega, pasa el Ebro, frontera del carlismo, y se produce una disensión interna en el carlismo entre los partidarios del pacto, dirigidos por el general Maroto, y los Apostólicos del general Cabrera. El cansancio y el incierto final de la guerra lleva a los primeros a firmar el Convenio de Vergara (29 de agosto de 1839). Sellado por Espartero y Maroto, en él se reconocen los empleos y grados del ejército carlista y se recomienda al gobierno que proponga a las Cortes la modificación de los fueros. 

d) D. Carlos no reconoce el acuerdo y la guerra continúa desde agosto de 1839 a julio de 1840, en los focos de resistencia de Lérida y Navarra. Los últimos leales carlistas, acaudillados por el General Cabrera llevan a cabo una guerra brutal, con escenas y acontecimientos terribles. Al fin, éstos serán derrotados.

 

El Inicio de la Primera Guerra Carlista o Guerra de los Siete Años 1833-1839

 

Para los enfrentamientos militares entre carlistas (tradicionalistas o realistas) y liberales (cristinos o isabelinos, por su fidelidad a la Reina Regente o a su hija Isabel), se han distinguido tradicionalmente tres períodos o épocas durante las cuales se produjeron enfrentamientos armados de mayor o menor intensidad. Se puede hablar de “tres guerras carlistas” de diferente duración y de consecuencias muy diversas y diferenciadas. La primera ha sido llamada Guerra de los Siete Años debido a su duración desde finales de 1833 hasta el llamado “Abrazo o Convenio de Vergara” firmado por los generales Maroto (carlista) y Espartero (liberal) a finales de 1839. 

 

La guerra se inició con el levantamiento de los carlistas en el País Vasco y Navarra, y muy pronto controlaron también el ámbito rural. Al principio, los Carlistas no tenían un ejercito regular, pero gracias al apoyo popular del norte del país, organizaron la guerra con el método de guerrillas. Las condiciones permitieron al general Zumalacàrregui, formar un ejercito de 25.000 hombres, mientras Cabrera unificaba a las partidas aragonesas y catalanas. Don Carlos, fue apoyado por potencias absolutistas como Rusia, Prusia o Austria, que le enviaron dinero y armas; mientras, el gobierno de Isabel II fue apoyado por Inglaterra, Francia y Portugal, partidarios del liberalismo moderado en España.

 

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Apuntadas las causas y las bases sociales del carlismo, consideremos brevemente la marcha de la propia guerra, la cual se extiende desde el 1 de octubre de 1833 hasta octubre de 1835 en que muere el general Zumalacárregui -durante la cual los ejércitos se organizan, limpian de enemigos sus territorios respectivos y se fortifican. Al lo largo de la segunda -hasta, octubre de 1837-, el conflicto trascenderá del ámbito regional en que se centra la guerra en el primer período (País Vasco, Navarra, Maestrazgo), a un ámbito nacional. Tienen lugar las “expediciones” o correrías, que desde el país vasco atraviesan España. Finalmente, a partir del 15 de octubre de 1837, fecha en que don Carlos repasa el Ebro tras el fracaso de la “expedición real”, se desarrolla la fase final de la primera guerra carlista. La crisis interior del carlismo, que enfrenta a castellanos contra navarros, a los intransigentes “apostólicos” con los moderados “marotistas”, facilita un acuerdo entre ambas partes, ninguna de las cuales ha logrado batir decisivamente al adversario. El Convenio de Vergara -31 de agosto de 1839-, gestionado por los generales Espartero (liberal) y Maroto (carlista), pone fin a la contienda sobre la base del compromiso, por parte de Espartero, de reconocer los empleos, grados y condecoraciones de los militares carlistas y de recomendar al Gobierno que proponga a las Cortes la concesión o modificación de los fueros. Tras el convenio, don Carlos marchará a Francia, pero los últimos soldados carlistas no se rendirán hasta el 4 de julio de 1840 tras ser derrotado el núcleo del Maestrazgo con Cabrera al frente, por el general Espartero. En los mapas que aparecen en dicho artículo, podemos apreciar cómo los principales focos de dominio carlistas se centran en la zona del norte, esto es, País Vasco y Cataluña. También en la parte oeste de Castellón. Entorno a estos focos principales se desarrollaran unas zonas de mayor intensidad del movimiento carlista de tropas que cubre Galicia, norte de Castilla y suroeste de Cataluña. Hay también pequeños focos al norte de Málaga y sur de Cáceres. Las principales capitales carlistas serán Vergara, Berta y Cantivieja. También Santiago en la zona próxima a la costa gallega. Por el contrario los centros de poder liberal se extienden por toda la geografía nacional. Abarca todas las capitales andaluzas, el levante español, también Barcelona, Badajoz, Madrid y Cuenca, y algunas ciudades dentro del territorio propiamente carlista: el caso de Bilbao o Pamplona. Los carlistas no pudieron contar inicialmente con un ejército regular y organizaron sus efectivos en grupos armados que actuaban según el método de guerrillas. Las primeras partidas carlistas se levantaron en 1833 por una amplia zona del territorio español, pero el foco más importante se situó en las regiones montañosas de Navarra y el País Vasco. También se extendió por el norte de Castellón, el Bajo Aragón y el Pirineo y las comarcas del Ebro en Cataluña. Desde el punto de vista internacional, don Carlos recibió el apoyo de potencias absolutistas como Rusia, Prusia y Austria, que le enviaron dinero y armas, mientras la Regente Mª Cristina contó con el apoyo de Gran Bretaña, Francia y Portugal, favorables a la implantación de un liberalismo moderado en España

 

El conflicto armado pasó por dos fases bien diferenciadas:

 

- La primera etapa (1833-1835) se caracterizó por la estabilización de la guerra en el norte y los triunfos carlistas, aunque éstos nunca consiguieron conquistar una ciudad importante. La insurrección tomó impulso en 1834 cuando el pretendiente abandonó Gran Bretaña para instalarse en Navarra, donde creó una monarquía alternativa, con su corte, su gobierno y su ejército. El general Zumalacárregui, que se hallaba al mando de las tropas norteñas, logró entonces organizar un ejército con el que conquistó Tolosa, Durango, Vergara y Éibar, pero fracasó en la toma de Bilbao, donde encontró la muerte, quedando los carlistas privados de su mejor estratega.  En la zona de Levante, los carlistas estaban más desorganizados, operando con escasa conexión entre las diferentes partidas. Las de las tierras del Ebro se unieron a las del Maestrazgo y el Bajo Aragón, conducidas por el general Cabrera, que se convirtió en uno de los líderes carlistas más destacados.

 

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En la segunda fase (1836-1840), la guerra se decantó hacia el bando liberal a partir de la victoria del general Espartero en Luchana (1836), que puso fin al sitio de Bilbao. Los insurrectos, faltos de recursos para financiar la guerra y conscientes de que no podían triunfar si no ampliaban el territorio ocupado, iniciaron una nueva estrategia caracterizada por las expediciones a otras regiones para conseguir recursos económicos. La constatación de la debilidad del carlismo propició discrepancias entre los transaccionistas, partidarios de alcanzar un acuerdo con los liberales, y los intransigentes, defensores de continuar la guerra. Finalmente, el jefe de los transaccionistas, el general  Maroto, acordó la firma del Convenio de Vergara (1839) con el general liberal Espartero. El acuerdo establecía el mantenimiento de los fueros en las provincias vascas y Navarra, así como la integración de la oficialidad carlista en el ejército real. Sólo las partidas de Cabrera continuaron resistiendo en la zona del Maestrazgo hasta su derrota definitiva en 1840.

 

La guerra en el Frente Norte

 

Tras la muerte de Fernando VII, el pretendiente Carlos nombró a Joaquín Abarca como ministro universal e hizo un llamamiento al ejército y a las autoridades para que se sumaran a su causa, pero con escasa repercusión. En el ámbito internacional tan sólo el rey Miguel I de Portugal lo reconoció, lo que llevó a la ruptura diplomática entre España y Portugal. En los primeros días de octubre se sucedieron las insurrecciones en varios puntos de España, protagonizadas por agrupaciones locales de Voluntarios Realistas, en general con poco éxito, excepto en el País Vasco, Navarra y Logroño, pero sin llegar a controlar más que por poco tiempo las ciudades de dichos territorios. Las sublevaciones no tuvieron el apoyo del ejército. Así, el general Ladrón de Cegama, sin mando en Valladolid (residencia de la Capitanía General de Castilla la Vieja), y el coronel Tomás de Zumalacárregui, retirado pero viviendo en la plaza fuerte de Pamplona, huyeron de sus lugares de residencia para pronunciarse sin arrastrar consigo fuerza alguna de las guarniciones de las plazas en las que se encontraban. La guerra se considera como comenzada cuando el general Ladrón de Cegama proclamó rey al infante don Carlos con el nombre de Carlos V el 6 de octubre de 1833 en Tricio (La Rioja), apoderándose con los voluntarios sublevados de Logroño y pasando a Navarra a unirse con los sublevados de esta provincia. La unión de estos voluntarios en Navarra fue el embrión de las tropas de las que se hizo cargo Tomás de Zumalacárregui y que hicieron posible que la guerra durase siete años.

 

Frente Aragón y Valencia:

 

El 13 de noviembre de 1833 los carlistas obtienen una importante victoria: Morella se subleva y enrola el estandarte de Carlos V. Carlos, comandante de la plaza de Morella, hace salir a las tropas de la ciudad con una treta. Cierra las puertas de la ciudad y junto con Rafael Ram de Viu (barón de Herbés) y Manuel Carnicer se suman al bando carlista. Pese a este acto las tropas gubernamentales se ponen en movimiento y mandan hacia Morella una importante columna dirigida por Horé. Los carlistas ante esa amenaza huyen de Morella en diciembre. Después el barón de Herbés y otros líderes carlistas son apresados en Calanda y fusilados el 27 de diciembre.

 

Pese a esto la llama de la rebelión se había encendido en las tierras del Maestrazgo y el Ebro puesto que otros líderes como CarnicerQuílez y Cabrera continuaron luchando. Las partidas del Maestrazgo y Aragón eligieron a Manuel Carnicer como su jefe en febrero de 1834. Tras su fusilamiento en abril de 1835 tomó el mando su segundo, Ramón Cabrera, quien dio ánimos a las fuerzas carlistas, pero sin que fuerzas fueran lo suficientemente numerosas como para obtener una victoria decisiva sobre las fuerzas liberales, de forma que en 1836 Evaristo de San Miguel conquistaba para los isabelinos Cantavieja. En 1837 Cabrera consigue reconquistar el territorio perdido y en enero de 1838 conquista Morella, a la que convierte en capital de su administración, extendiendo su territorio por Aragón, norte de Valencia y sur de Cataluña. Sin embargo, el fin de la guerra en el norte hizo que Espartero llegara a Zaragoza al frente de 44.000 hombres en octubre de 1839 y estableciera su cuartel general en Mas de las Matas. Cabrera consigue mantener la resistencia hasta el 30 de mayo de 1840 cuándo Espartero conquistó Morella y Cabrera se dirigió a Berga.

 

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Frente de Cataluña

 

En Cataluña las numerosas partidas actuaban sin coordinación. El mando del Pretendiente envió un contingente de fuerzas del territorio carlista vasco-navarro, seleccionado entre los más experimentados batallones de los que disponía, en agosto de 1835 bajo el mando de Juan Antonio Guergué formado por 2.700 hombres con la misión de organizar el frente en Cataluña. Llegado a su destino Guergué, consiguió agrupar una numerosa fuerza, intentando tomar Olot pero fracasando en el intento. Seguidamente Guergué organizó las tropas carlistas catalanas en un documento oficial que se enviaría al rey y a los cabecillas respectivos. En el mismo documento él pone de manifiesto que las tropas con las que cuenta son unas 19.000 descontando las traídas por él. Sin embargo estos datos son poco fiables debido a que dan un número alto de guerrillas no identificadas. Pese a esto el número debía ser muy alto. Tras la marcha de Guergué de Cataluña asumieron el mando Ignacio Brujó y Rafael Maroto. Éste estuvo poco tiempo (unos meses), creó confusión y tuvo muchas derrotas así que en diciembre de 1836 fue sustituido por Blas María Royo de León que había sido jefe del estado mayor de la expedición Guergué. Royo logró victorias importantes cómo el desastre de Oliver y la conquista de Solsona. En 1837 se hizo con el mando, uno de los miembros de la Expedición Real, Juan Antonio de Urbiztondo, quien conquistó Berga en julio y la convirtió en la capital del carlismo catalán. Los problemas entre la Junta de gobierno de Berga y Urbiztondo llevaron al nombramiento de José Segarra y posteriormente, en julio de 1838, al del Conde de España, que se esforzó en modernizar sus tropas al tiempo que se aproximaba a los sectores más radicales del carlismo, lo que provocó el descontento de la oficialidad carlista, que solicitaron su destitución al pretendiente, lo que consiguieron en octubre. La llegada de combatientes carlistas procedentes del frente norte tras la firma del Convenio de Oñate consiguió prolongar la guerra en Cataluña unos meses más hasta que las últimas tropas carlistas dirigidas por Cabrera cruzaron la frontera francesa el 6 de julio de 1840.

 

Castilla la Vieja y Castilla la Nueva

 

En ambas Castillas los movimientos carlistas también existieron. Fueron más importantes en Castilla la Vieja. En las zonas cercanas a las provincias Vascongadas y Navarra, los carlistas, bajo la presión de las tropas isabelinas, acabaron amparándose en los carlistas vasco-navarros, formando los batallones castellanos. Sus jefes más importantes fueron BalmasedaBasilio GarcíaJerónimo Merino y Cuevillas. Organizaron correrías por el territorio controlado por el bando isabelino, llegando en ocasiones hasta La Mancha. Los húsares de Ontoria, una unidad selecta formada por expertos jinetes castellanos y dirigida por Balmaseda, fue la unidad más importante de caballería castellana que terminó combatiendo con Cabrera. No pudiendo cruzar el Ebro en la fase final al caer el Maestrazgo en manos de Espartero, intentaron huir a Francia dando el rodeo por Cuenca, Soria, Burgos, La Rioja y Navarra, desolando con sus tropelías y robos las poblaciones que atravesaban. Gran parte de ellos fueron finalmente interceptados en Navarra, cuando Cabrera hacía ya tiempo que se encontraba en Francia y, por lo tanto, la guerra había finalizado. Por ello fueron considerados como bandoleros y ejecutados.

En Castilla la Nueva los movimientos carlistas se centraron en Ciudad Real y en las zonas próximas a Cabrera (Cuenca) y también Albacete). La partida más importante de la región fue la de los hermanos Palillos. Esta partida estaba formada por jinetes en su mayor parte y llegó a ser numerosa comparada con las demás partidas manchegas, que nunca fueron muy superiores a un par de centenares de hombres.

 

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Frente de la provincia de Ciudad Real

 

En la provincia se formaron más de un centenar de partidas, algunas con apenas una docena de hombres y otras superando varios centenares. Tres son las causas de esta proliferación:

 

a)    Dada la orografía montañosa y el tránsito a través de la provincia de las comunicaciones Madrid - Andalucía, desde tiempo muy atrás el bandolerismo estaba muy desarrollado.

 

b) Estas circunstancias fueron base para que durante la Guerra de la Independencia se creasen numerosas partidas guerrilleras con gran actividad.

 

 

b)    La provincia, muy depauperada, con la tierra prácticamente en poder de unas pocas personas, no solo producía pobreza en las gentes que trabajaban el campo sino también en las localidades donde los zapateros, sastres y demás oficios tenían unos ingresos muy bajos ya que sus clientes, los trabajadores del campo, carecían de dinero.

 

Las experiencias del bandolerismo, las de las guerrillas independentistas, la pobreza de los habitantes y las quintas que se llevaban a tantos hombres jóvenes que estaban aportando economía familiar, hizo que los jefes carlistas encontrasen con facilidad personas tanto en el campo como en las ciudades para engrosar sus filas. Ocurría también con frecuencia que pequeñas partidas admitían el indulto, se reincorporaban a sus quehaceres, volviendo pero de nuevo poco tiempo después a formar parte de una partida. El gobierno solo en ocasiones pudo destinar tropas regulares suficientes para combatir a las partidas, siendo fuerzas irregulares formadas por voluntarios locales, encuadrados genéricamente en el concepto de "Milicianos Nacionales", los que sostuvieron el peso principal de lucha contra las partidas aunque con escaso éxito ya que incluso meses después de concluida la guerra estuvieron activas varias de ellas durante un tiempo. Algunas volvieron a convertirse en bandoleras, quedando su persecución en manos de la recién creada Guardia Civil. El movimiento carlista nunca tuvo unidad de mando y de administración ni conservó territorio en el que hubiese podido instalar sus cuarteles, almacenes, cuadras de caballos, depósitos de heridos y prisioneros, manteniéndose continuamente en movimiento por la provincia, asaltando pueblos y refugiándose en las montañas. En ocasiones se unían varias pequeñas partidas para realizar un ataque a una localidad importante o a un convoy que circulaba por la carretera Madrid - Andalucía. Al llegar a la provincia las expediciones de Gómez y Basilio García, formaron parte de ellas mientras se mantuvieron en la provincia, algunas marcharon con ellas a provincias vecinas, incluso unos pocos hombres las acompañaron a su vuelta al territorio vasco-navarro.

 

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Expediciones carlistas

 

Desde el territorio vasco-navarro dominado por los carlistas se realizaron expediciones con los objetivos principales:

 

A)   Fomentar la guerra en territorios en los que el carlismo tenía poca, incluso nula actividad.

B)   Deshacerse durante algún tiempo de contingentes a los que era problemático dar mantenimiento y paga.

C)   Obligar a que tropas isabelinas que cercaban su territorio tuviesen que marchar tras las expediciones, aliviándose la presión sobre el frente vasco-navarro.

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Las expediciones más importantes fueron:

 

  • Primera expedición de Basilio García. 1834
  • Segunda expedición de Basilio García. 1835
  • Expedición de Guergué. 1835
  • Tercera Expedición de Basilio García. 1836.
  • Expedición de Gómez. 1836

 

En junio de 1836, Miguel Gómez Damas, al frente de 3.000 hombres, parte desde Amurrio hacia Asturias y Galicia para alentar los focos carlistas que supone allí establecidos, pero a pesar de que consigue entrar sin lucha en Oviedo y Santiago de Compostela, no logra controlar estos territorios ya que no encuentra interés suficiente por la causa carlista en la población y es sometido a persecución por tropas isabelinas que llegan desde Navarra y Castilla la Vieja. Por propia iniciativa, en contra de las órdenes recibidas, se dirige en agosto hacia Andalucía y durante la marcha entra en León, Palencia y Albacete. En Andalucía toma Córdoba y Almadén, hecho éste último que causa inesperada baja en la Bolsa londinense. Llega a San Roque ya que tiene intención de adquirir calzado en Gibraltar pero desde el Peñón le impiden con cañonazos acercarse aunque son muchos los ingleses, incluso con sus mujeres, los que salen del recinto británico para ver de cerca a los carlistas ya que su correría por la geografía hispánica es tema muy aireado por la prensa europea. Batido una y otra vez, aunque sin ser excesivamente dañado por las columnas isabelinas que le persiguen, en diciembre de 1836 consigue regresar a Vizcaya.

 

La Expedición Real de 1837

 

La Expedición Real, motivada por las supuestas negociaciones que se estaban realizando entre Carlos y María Cristina, salió de Navarra en mayo de 1837 con 12.000 hombres al frente del pretendiente Carlos hacia Aragón, Cataluña, Valencia, Teruel y finalmente Madrid, de dónde se retiraron de manera inesperada, llegando al territorio carlista del norte en octubre de 1837. Tras la expedición Carlos marginó a los elementos más moderados del carlismo.

 

  • Expedición de Zaratiegui. 1837
  • Cuarta expedición de Basilio García. 1837-1838
  • Expedición de Negri. 1839

 

Ejército liberal:

 

Regimientos de infantería de línea

Regimientos de infantería ligera

Regimientos de infantería de milicias provinciales

Guardia real de infantería. Cuatro regimientos de dos batallones

Regimiento de granaderos provinciales de la guardia real

Regimiento de cazadores de la guardia real provincial

Regimiento de ingenieros de la guardia real

Artillería montada de la guardia real

Artillería de línea de la guardia real

Regimiento de granaderos a caballo de la guardia real

Regimiento de lanceros de la guardia real

Regimiento de cazadores de la guardia real

Regimiento de coraceros de la guardia real

Húsares de la Princesa

Caballería de línea o dragones

Caballería ligera

Flanqueadores de Isabel II

Cuerpo franco navarro de caballería

Peseteros

Voluntarios de Burgos. 1200 plazas

 

Ejército carlista

 

Tropa carlista del Norte

Guardia de honor de infantería.

Guardia de honor de caballería.

Escolta del Estandarte

Escuadrón de Jefes y Oficiales

Batallón de voluntarios distinguidos de Madrid.

Infantería Navarra. Doce batallones de 800 plazas.

Guías de Navarra. Un batallón de 800 plazas.

Lanceros de Navarra. Cuatro escuadrones.

Infantería guipuzcoana. Ocho batallones de 1.000 plazas.

Escuadrón de Guipúzcoa. 100 caballos.

Infantería alavesa. Siete batallones de 800 plazas.

Batallón de Guías de Alava. Un batallón de 800 plazas.

Escuadrón de Álava. 120 caballos.

Infantería vizcaína. Nueve batallones de 900 plazas.

Escuadrón de Vizcaya. 90 caballos.

Infantería castellana. Cuatro batallones de 800 plazas.

Caballería castellana. Tres regimientos de lanceros.

Batallón de granaderos del ejército. 800 plazas.

Artillería de batalla y montaña.

Artillería de batir.

Zapadores. Cuatro compañías, una en cada provincia.

Húsares de Arlabán. 100 caballos

Tres batallones cántabros de 900 plazas.

Aduaneros.

 

Ejército Real de Aragón, Valencia y Murcia

 

1a. Brigada de Tortosa. 1º,2º y 3.er. batallón de Tortosa de 800 soldados.

2a. Brigada de Tortosa. 1º,2º y 3.er. batallón de Mora de 750 soldados.

1a. Brigada de Aragón. Guías de Aragón, 5º y Tiradores de Aragón de 700 soldados.

2a. Brigada de Aragón. 4º, 6º, 7º, y 8º de Aragón de 850 soldados.

3a. Brigada de Aragón. 1º,2º y 3.er. batallón de Aragón de 700 soldados.

1a. Brigada de Valencia. 1º,2º y 3.er. batallón de Valencia de 800 soldados.

2a. Brigada de Valencia. 4º,5º, 6º y 7º. batallón de Valencia de 850 soldados.

1a. Brigada de Murcia. 1º y 2º del Cid de 800 soldados.

2a. Brigada de Murcia. 3º del Cid y Guías del Conde de Morella de 800 soldados.

1.er. Regimiento de lanceros de Aragón de 250 soldados

2o. Regimiento de lanceros de Tortosa de 490 soldados

3.er. Regimiento de lanceros de Aragón de 350 soldados

1.er. Regimiento de lanceros de valencia de 360 soldados.

1.er. Regimiento de lanceros del Cid de 280 soldados.

1.er. Batallón de artillería de 500 soldados

Compañías del tren de 150 soldados

Compañía de Zapadores de 390 soldados.

Compañías de Miñones de Cabrera 100 soldados.

Ordenanzas de Cabrera 100 soldados

Guías de Cabrera 100 soldados

 

Ejército Real de Cataluña

 

División de Gerona:

 

1a. Brigada

2a. Brigada

Batallón de guías 400 soldados

Escuadrón de lanceros 50 soldados

 

División de Lérida:

 

1a. Brigada

2a. Brigada

 

División de Manresa o del Centro:

 

1a. Brigada

2a. Brigada

Partidas sueltas (caballería y infantería)

 

División del Campo de Tarragona

 

8 Batallones de 500 soldados

Partidas varias

Sin datos organizativos, total de 3.838 hombres entre infantes y jinetes

 

 

Bibliografía:

 

 

  • Buenaventura de Córdoba: Vida militar y política de Cabrera. Madrid 1845
  • Alfonso Bullón de Mendoza: Auge y ocaso de Don Carlos. La Expedición Real, Madrid 1986
  • Jordi Canal: El Carlismo, Madrid 2000
  • Carlos Canales: La Primera Guerra Carlista (1833-1840), uniformes, armas y banderas. Ristre, Madrid 2006
  • Laura Corrales Burjalés: "La Guerra de los Siete Años (1833-1840) a través del grabado popular catalán: estado de la cuestión", Trienio, nº51 (mayo 2008), pp. 73-110
  • John Coverdale: The Basque Phase of Spain's First Carlist War, Princeton 1984
  • José Extramiana: Historia de las guerras carlistas, San Sebastián 1978-1979
  • Melchor Ferrer: Historia del tradicionalismo español, Sevilla, 30 vol. 1941-1979
  • José María Jover (dir):Historia de España XXXIV. La era isabelina y el Sexenio Democrático (1834-1874), Madrid 1988
  • Josep Maria Mundet: La Primera guerra carlina a Catalunya. Història militar i política, Barcelona 1990
  • Joan Josep Rovira Climent: "Rutas Carlistas". Editorial Episteme, Barcelona 2008.
  • Antonio Pirala: Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, Madrid 1984
  • Álbum de las tropas carlistas del norte. Madrid, sin año, 184?).

 

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Por: David Odalric de Caixal i Mata
Historiador Militar
Director de la Fundación Sociedad y Defensa de ECOSED
Director del Área de Investigación, Análisis y Formación Universitaria del Instituto Europeo de Seguridad y
Defensa de ECOSED (Espacio Corporativo de Seguridad y Defensa)
Miembro del Grupo de Investigación del LSTE (Libertad, Seguridad y Transformaciones del Estado) de la
Universidad Autónoma de Barcelona.
Miembro del Grupo de Investigación de “Estudios de Historia de España” de la Universidad a Distancia de Madrid.

Bibliografía, Créditos y menciones

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