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Alfonso I el Batallador

Alfonso I de Aragón conocido como el Batallador nacido en 1073 – Poleñino, fallece en Huesca, 7 de septiembre de 1134 rey de Aragón y de Pamplona entre 1104 y 1134.

Alfonso I el Batallador

Alfonso I el Batallador

y el asentamiento de las Órdenes Militares

 

"…Para después de mi muerte, dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro de Señor que está en Jerusalén y a los que lo custodian y sirven allí a Dios; y al Hospital de los pobres de Jerusalén; y al Templo de Salomón con los caballeros que vigilan allí para defender la cristiandad. A estos tres les concedo mi reino. También el señorío que tengo en toda la tierra de mi reino y el principado y jurisdicción que tengo sobre todos los hombres de mi tierra, tanto clérigos como laicos, obispos, abades, canónigos, monjes, nobles, caballeros, burgueses, rústicos, mercaderes, hombres, mujeres, pequeños y grandes, ricos y pobres, judíos y sarracenos, con las mismas leyes y usos que mi padre, mi hermano y yo mismo tuvimos y debemos tener." Fragmento del Testamento de Alfonso I.

 

A principios de 1134, tras la sonada derrota de Fraga,  fallece el monarca con espíritu de cruzado que logró reconquistar gran parte de Aragón a los musulmanes. Al morir sin descendencia, dejó establecido que las Órdenes Militares (Santo Sepulcro, Hospitalarios y Templarios) se repartieran el reino, con el fin de que éstas continuaran luchando contra el infiel. Pero este testamento era del todo inviable ya que iba en contra de los derechos familiares; según lo cual, Alfonso sólo podía disponer de aquello que hubiera conquistado él o fuera de su propiedad, pero no de lo que él había heredado. También se puso en contra del derecho tradicional, el usus terrae, al lesionar la honra del sector nobiliario al someterlo a las órdenes militares, esto suponía una contradicción patrimonial de la dinastía navarro-aragonesa, al lesionar sus intereses.

El testamento no llegó a cumplirse, y comenzaron las negociaciones. El reino de Navarra aprovechó la coyuntura para independizarse de la mano de García Ramírez. Las tierras ganadas por Alfonso en sus batallas: el regnum Cesaraugustanum, se le ofrecieron a su hijastro Alfonso VII de Castilla, que llegó a presentarse en Zaragoza. La nobleza aragonesa, contraria a permitir la “invasión” castellana, buscó al hermano del monarca fallecido: Ramiro, y le sacó de su reclusión del monasterio benedictino dónde vivía, de ahí el sobrenombre de el Monje. Los seniores le proclamaron rey en Jaca a finales de septiembre de 1134. Para conseguir el reconocimiento de la nobleza, le casaron con doña Inés de Poitiers, con la que tuvo una hija: Petronila (1135-1173), tras haber dado un heredero al reino, Ramiro volvió a su reclusión. La princesa Petronila  fue prometida al conde de Barcelona: Ramón Berenguer IV, que se autoproclamó “príncipe de Aragón y conde de Barcelona”, ejerciendo el papel de la figura masculina en el Reino de Aragón.

¿Pero qué sucedió con las Órdenes Militares? La presencia de éstas era escasa antes del testamento de Alfonso I, venían como limosneros para sufragar los gastos que conllevaban los viajes a Tierra Santa o por petición de algún monarca, pero no establecían una casa madre. En Aragón, el monarca había fundado dos cofradías[i] para luchar contra los paganos: en 1122 nace la Cofradía de Belchite. La ciudad de Belchite constituía un punto de avanzadilla frente a Zaragoza; se trataba de un terreno, más o menos, deshabitado, al que el monarca concedió fueros para facilitar su población y construyó refugios para aquellos que acudieran a habitar la zona. La cofradía no tardó en fundarse como una militia Christi, cuyos hermanos servirían a Dios luchando contra los paganos; había dos tipos de miembros: los perpetuos y los temporales. En 1122, Alfonso, confirma sus estatutos, en origen tiene una base esencialmente combativa, ya que su fin era abrir una ruta al mar para llegar a Jerusalén, para lo cual tenían que conquistar Zaragoza primero; las vías a tomar eran dos: por el Ebro, y desde Valencia. La otra cofradía fue posterior, en 1124 el monarca creó una militia Christi en Monreal, que viene a significar: "mansión del rey celestial"; con el mismo motivo que había presidido la creación de la Cofradía de Belchite, el de la apertura de una vía marítima hacia Jerusalén; se asentaron en un territorio despoblado, entre Daroca y Valencia. Este es el panorama que había en Aragón antes de la muerte de el Batallador.

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Las tres Órdenes internacionales, renunciaron a gobernar el reino a favor de Ramón Berenguer IV, siempre y cuando fueran compensadas. Fue el mismo conde de Barcelona el que se encargó de negociar con cada orden por separado, lográndose así, su asentamiento definitivo. En 1140, Guillermo I, patriarca de Jerusalén, renunciaba a la herencia de el Batallador, a cambio de lo cual, el Hospital recibía bienes en: Barbastro, Huesca, Zaragoza, Daroca y Jaca.

Un año después (1141), las cosas se resolvían para el Santo Sepulcro, al que se le concedía el establecimiento de casas conventuales en: Zaragoza, Calatayud y otras, estableciendo el priorato en la localidad bilbilitana.

El Temple negoció aparte, 1143 recibiría los castillos de Monzón, Mongay, Chalamera, Barberá, Remolinos y Corbins (aún por conquistar), la Cofradía de Belchite quedó incorporada a la Orden. También recibieron un décimo de las rentas reales, y la suma de 1000 sueldos anuales, de las coronas de Zaragoza y Huesca. Obtuvieron una quinta parte de las tierras conquistadas a los moros, y la exención en algunas tasas. La exclusión del Temple en el sur de Aragón se debe a que esas tierras se dieron a la Orden de Calatrava, que fue quien colaboró en la reconquista de los dominios turolenses; y a la orden autóctona del Hospital del Santo Redentor, fundada por el rey Alfonso II.

Gracias a este reparto, las Órdenes Militares internacionales se asentaron en la Península Ibérica y comenzaron a participar más activamente en la reconquista. Ramón Berenguer IV, llevó a cabo una política integradora; por la cual se les otorgaba aquellas fortalezas, villas y tierras; todavía musulmanas, que conquistaran,  a cambio de su participación en las batallas; también obtuvieron inmunidades y privilegios. En la mayoría de las campañas formaban parte de los ejércitos reales.

La actividad militar favoreció el nacimiento de otras Órdenes Militares, exclusivamente aragonesas: en 1174, Alfonso II funda la orden de Montegaudio, cediéndoles la fortaleza turolense de Alfambra. Un año después (1175) el papa Alejandro III confirma esta fundación, que se regía por la orden del Císter. Estaba liderada por el conde Rodrigo Álvarez, que viajó a Tierra Santa, donde ganó algunos territorios en nombre de la Orden, pero nunca se llegó a fijar su casa madre allí. Debido a su debilidad estructural, en 1186 se intentó fusionarla con la Orden del Temple, ni el conde Rodrigo, ni el rey apoyaron esta iniciativa. Alfonso quería salvar el proyecto original de una Orden totalmente aragonesa, por lo que en 1188 la orden de Montegaudio y la, también turolense, orden del Hospital del Santo Redentor se unieron bajo el nombre de orden del Santo Redentor. La muerte de Rodrigo Álvarez provocó una escisión en la jefatura, creándose dos facciones: los que querían trasladarse al vecino reino de Castilla y los que deseaban permanecer en Aragón. El cisma aconteció en 1196, los freires quedaron divididos: unos se asentaron en Castilla bajo el nombre de orden de Monfragüe, y los aragoneses fueron absorbidos por la orden del Temple, que se quedó con todas las posesiones que tenían en Aragón con la autorización del monarca.

Otra fue la orden de Alcalá de la Selva (1174-1350), su participación en el frente fue escaso, lo hizo junto a los monarcas aragoneses y también con los castellanos, para conquistar las tierras valencianas. Nunca se rigió por orden monástica alguna y el papado no la autorizó, esto junto con la falta de solidez en su jerarquía interna, la llevó a la extinción. La tercera y última de estas órdenes fue la de San Jorge de Alfama, creada por Pedro II en 1201, con el fin de defender y poblar Alfama y sus alrededores. Hasta el siglo XIV no fue confirmada por el papa Gregorio XI y lo hizo bajo la primitiva normativa sanjuanista del siglo XII. Perduró hasta 1400, año en el que sus escasos freires fueron integrados en la valenciana orden de Montesa.

A partir del siglo XIII, las numerosas donaciones en tierras aragonesas se ven frenadas, debido a la paralización del proceso colonizador y a la búsqueda de una apertura al mar del Reino de Aragón. Al llegarse a los límites impuestos por los tratados con Castilla, finalizaba la expansión de la Corona aragonesa en la Península Ibérica; lo que obligó el replanteamiento del sistema político, económico y militar. Se buscó una expansión por tierras valencianas, todavía en manos musulmanas, reforzándose las fronteras contra los ataques enemigos en el sur de Aragón: el Maestrazgo; que debe su nombre a la labor colonizadora y de repoblación que llevaron a cabo los maestres de las órdenes militares de Calatrava (castellana),  Temple y San Juan de Jerusalén.

            Todos conocemos el horrible final que la orden del Temple tuvo en Francia (1307), lo que no se vio reflejado fuera de territorio galo. En Aragón, Jaime II, apoyó a los templarios en un primer momento, sin hacer caso de la carta que recibe de Felipe IV de Francia, pero no tarda en darse cuenta de las riquezas que poseen éstos en su reino, y decidió intervenir en el asunto antes que la Iglesia dictaminara un veredicto que no le favoreciera. En noviembre de ese mismo año, publicó un edicto en el que ordenaba que no se ayudara a los templarios, los cuales deberían comparecer en Valencia y Zaragoza (1308), ante el inquisidor: fray Juan de Lotgerio, el cual abriría una investigación e incautaría al Temple todas sus posesiones, que pasarían a la Corona. Ante esto, muchos de los monjes-soldados optaron por la resistencia. En mayo de 1309 cayó el último bastión templario en Aragón, la fortaleza de Monzón.

En 1312, el papa Clemente V ordenó la disolución de la Orden del Temple. Ese mismo año, se declaraba la inocencia de los templarios aragoneses en el Concilio de Tarragona; en el que se estableció que los monjes quedarían sujetos a sus respectivos obispos y que su manutención sería cubierta por los bienes confiscados a la Orden. En el Concilio de Vienne de este mismo año, se decretó la incorporación de las posesiones del Temple a la orden de San Juan del Hospital. Esto quedó en suspenso en los reinos hispánicos, Jaime II sabiendo que con esta decisión el poder de los hospitalarios en su reino aumentaría, decidió llevar a cabo su propio plan de reparto de bienes. Unió los territorios templarios y hospitalarios en Valencia, creando la Orden de Montesa (1317), destinada a luchar contra los musulmanes que con frecuencia atacaban las costas valencianas; la orden fue aprobada por el papa Juan XXII. También logró que los templarios "cedieran" a la monarquía alguna de sus posesiones en Aragón. En el resto de los territorios españoles, los bienes templarios quedaron divididos entre otras órdenes: San Juan, Alcántara y Santiago.

Las Órdenes Militares fueron extinguiéndose poco a poco a lo largo de la Edad Media, su ideal de militar y conventual contrastaba diametralmente con el pensamiento humanista del Renacimiento. Europa ya no estaba bajo dominio del infiel y la liberación de Tierra Santa ya no era prioritaria. Sólo algunas órdenes subsistieron, perdiendo su carácter militar y conservando el hospitalario.

 

[i] Cofradía- asociaciones voluntarias de individuos, unidos por un vínculo de caridad o hermandad. El sentimiento religioso de la Edad Media se reflejó en estas corporaciones. Su espíritu originario era religioso y benéfico

Pases Disponibles

Bibliografía, Créditos y menciones

Texto propiedad de Vanessa Montesino/ Fotografías propiedad de GELITO

BIBLIOGRAFÍA
1. A.A.V.V.: Los Reyes de Aragón. Zaragoza, 1993
2. AYALA MARTÍNEZ, Carlos: Las Órdenes Militares en la Edad Media. Cuadernos de Histor

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