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El origen de la Orden de Alcántara

La Orden de Alcántara nació en el reino de León hacia 1176 con el nombre de San Julián del Pereiro. En origen fue una hermandad de carácter religioso que con el tiempo adquirió atribuciones castrenses

El origen de la Orden de Alcántara

oDurante el siglo Xl aparecen en la Península Ibérica diferentes tipos de hermandades. Hubo fraternidades de piadosos legos reunidas en tomo a una catedral o iglesia urbana. Hermandades en poblaciones rurales cuyos miembros  se unían para prestar servicios comunes y sociales, algunos de carácter edilicio, como la construcción y mantenimiento de puentes y murallas. Por otro lado, las ciudades solían poseer sus propias milicias concejiles, que se ponían en pie de guerra cuando se gestaba alguna campaña contra el enemigo, ya fuese musulmán o cristiano. En el siglo XII, este tipo de hermandades y milicias evolucionaron de diferente manera: las hermandades de carácter religioso-social incrementaron sus atribuciones laicas, ocupándose desde la construcción de iglesias y murallas hasta la defensa de sus ciudades. A su vez las milicias concejiles incorporaron un carácter religioso a sus lazos bélicos y unitarios originarios. Es decir, las primeras adquirieron rasgos laicos y las segundas, religiosos, que incorporaron a su condición inicial. Además, algunas comunidades monásticas próximas a la frontera con los musulmanes fueron obteniendo progresivamente un carácter castrense íntimamente unido al religioso, a fin de poder defenderse por ellos mismos, ya que muchas veces, las huestes laicas (concejiles o nobiliarias) eran incapaces de hacerlo por justificados motivos de distancia y tiempo.

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 El caso es que las hermandades se extendieron por tierras leonesas y castellanas con el objetivo de proteger las fronteras cristianas de las aceifas musulmanas. Ya fuesen milicias, fraternidades o cofradías, todas eran en origen diminutas comunidades o asociaciones poco definidas, carentes de organización compleja y de grandes propiedades territoriales. La progresiva evolución de todas ellas, junto con la definición de sus deberes religioso-castrenses, fue concretándose en la creación de las órdenes militares propiamente dichas. Órdenes militares basadas e inspiradas por un lado, en las grandes órdenes militares internacionales y por otro en las propias hermandades, milicias o cofradías locales.

 Una vez hecha esta somera introducción, pasemos a ocuparnos del tema de este artículo. Según el cronista alcantarino del siglo XVII Torres y Tapia (muy interesado en consolidar la antigüedad de la Orden del Pereiro-Alcántara de cara al público), fue en el año 1156 cuando un caballero llamado Suero Fernández, procedente de Salamanca, al frente de una mesnada, combatió arduamente en las fronteras meridionales del reino de León, en un territorio que actualmente forma parte de Extremadura. Allí dieron con Amando, un ermitaño que en su día había acompañado al conde Enrique de Portugal a Tierra Santa, y que vivía en aquel momento en la iglesia del Pereiro, junto al río Côa. Suero trasladó al eremita su intención de erigir una fortaleza en la región para cobijar a los caballeros que deseasen batallar con los musulmanes. Satisfecho por tan piadosa petición, Amando indicó a los guerreros un lugar adecuado muy próximo a su ermita. Además, y por el mismo precio, les aconsejó que solicitaran una regla de vida al obispo de Salamanca Ordoño, a la sazón miembro de la Orden del Císter. Don Ordoño otorgó ufano los estatutos cistercienses y nombró a Suero cabeza de la nueva cofradía religioso-militar, que a partir de entonces se denominó Orden de San Julián del Pereiro. Tras la muerte de Suero en una refriega contra los musulmanes, fue sustituido en el cargo por su hermano Gómez Fernández.

Según Pinto de Azevedo podemos admitir que antes de 1176 la Orden de San Julián del Pereiro ya existía bajo la jefatura de Suero de Salamanca, quien además se había establecido junto al río Côa con sus compañeros para luchar contra los belicosos almohades, aunque sus efectivos eran escasos. Según el mismo cronista, está documentado que un tal Ordoño fue obispo de Salamanca entre los años 1159 y 1164. Por tanto, a él sí que le parece factible que en algún momento de su ministerio le fuese solicitada una regla de vida para la cofradía que Suero Fernández quería establecer. Pero los orígenes de la Orden así consignados no parecen muy fiables, según Luis Corral Val, quien investigó con profundidad y sentido crítico este tema en una tesis doctoral publicada en 1998.

Según Corral Val, no hay constancia de un documento real o una bula papal concedida a la hermandad de San Julián antes de enero de 1176. A la vista de tales omisiones, podemos deducir que Suero de Salamanca fue una figura imaginaria cuya existencia el rey Fernando II de León desconoció. El verdadero fundador de San Julián del Pereiro fue Gómez, a juzgar por los documentos existentes. Por tanto hay que retrasar la creación de la orden a la fecha en la que el Papa reconoció a la hermandad del Pereiro mediante bula papal.

Es muy probable que los freires de San Julián trocasen en orden militar desde su condición original de comunidad religiosa durante el tiempo transcurrido entre las bulas de Alejandro III (1176) y Lucio III (1183), puesto que a Gómez se le nombra como prior en la bula de Alejandro III y en cambio, como maestre en la de Lucio III. Al transformarse en orden militar, profesó la regla benedictina y abandonó cualquier subordinación al obispo, pasando a depender directamente del Sumo Pontífice.

El papa Alejandro III tomó bajo su protección la casa de San Julián del Pereiro y le concedió cuantiosos privilegios. Los papas posteriores reconocieron y confirmaron los numerosos derechos de la orden de San Julián del Pereiro. Pero no sólo la autoridad religiosa amparó a la nueva institución, sino que también lo hicieron los poderes civiles, pues el rey leonés Fernando II protegió también la casa, pertenencias y a los propios hermanos del Pereiro.

El monasterio de San Julián se ubicaba en un lugar tranquilo y aislado, más acorde con el recogimiento religioso y el cultivo agrícola que con la guerra. Pero estaba situado cerca de la frontera con los musulmanes, razón por la cual se transformó en hermandad religioso-militar para combatir a los musulmanes y asumir su propia defensa. El monasterio también incluyó en su recinto un hospital, que recogía las donaciones de los habitantes de la región.

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Con el paso del tiempo, los papas no hicieron más que confirmar constantemente los privilegios del Pereiro, con lo que el primitivo establecimiento incrementó en cantidad y calidad el número de tierras y personas a su cargo, transformándose en una verdadera orden religioso-militar. A partir de entonces su finalidad principal fue la de colaborar activamente con otros poderes locales en la eterna lucha contra los mahometanos con el objetivo de expulsarlos definitivamente de la Península.

 Los documentos de la época atestiguan la existencia de la orden de Trujiilo, cuyas referencias se entremezclan con las del Pereiro. Al hilo de este hecho se plantean varias dudas:

 ¿Fue la orden de Trujillo la rama castellana de la orden leonesa del Pereiro? ¿Alfonso VIII entregó a Gómez, maestre de San Julián del Pereiro, la fortaleza de Trujillo para establecerse dicha orden leonesa en el reino castellano? ¿La orden de Trujillo fue una cofradía militar independiente que posteriormente acordó algún tipo de vinculación con los sanjulianistas?

Tratemos de responder a estas cuestiones. Muy probablemente Alfonso VIII invitó al maestre Gómez de San Julián a establecerse en Trujillo y adquirir la denominación de orden de Trujillo. Según esta hipótesis, el monarca castellano trató de trasladar la sede de la orden, con sus propiedades e incipiente poderío, desde el reino leonés al castellano, pasando a ser ambas la misma institución. La orden de Trujillo sería la rama castellana de San Julián del Pereiro. Otra hipótesis es que la orden de Trujillo nació como una de tantas cofradías o fraternidades militares, pero independiente del Pereiro. No se conoce cuándo, pero la cofradía trujillense se unió a la de los sanjualinistas del cercano reino de León. Corral Val traslada a 1188 la fusión entre ambas cofradías religioso-militares.

Pero hubo un serio contratiempo que retrasó el correcto funcionamiento de la nueva institución. El 1195 los cristianos fueron derrotados por completo en Alarcos, y el propio rey Alfonso VIII tuvo que salir huyendo literalmente del campo de batalla a uña de caballo. Como consecuencia del desastre, los almohades se hicieron momentáneamente con Trujillo, Santa Cruz y otras plazas estratégicas. En 1196 Alfonso VIII, para compensar de alguna forma la pérdida de Trujillo por los sanjulianistas, les otorgó propiedades en Ronda, en las inmediaciones de la toledana Talavera, que habían pertenecido a la orden de Trujillo. Alfonso VIII se resarció con creces de la derrota de Alarcos en 1212, cuando la victoria cristiana sobre los almohades en las Navas de Tolosa abrió las puertas de Andalucía a los castellanos.

Pero como nada dura eternamente, Trujillo fue recuperado en 1231 para las armas cristianas. En consecuencia, los freires del Pereiro-Alcántara reclamaron sus antiguos derechos sobre Trujillo. El rey Femando III les concedió la villa y el castillo de Magacela en compensación por cualquier derecho que tuvieran sobre Trujillo. Por estos años, la institución sanjulianista ya era conocida también como orden de Alcántara, como demuestra este fragmento de la donación de Fernando III:

 “fado chartam danationis, concessionis, canfirmationis, et stabilitatis Deo et ordini de Alcántara et de Perero(…)”

Respecto a las relaciones de la Orden del Pereiro-Alcántara con otras instituciones similares, hay opiniones para todos los gustos. Unos mantienen que la orden del Pereiro-Alcántara fue una orden filial de la orden de Calatrava, quien tenía sobre la primera poder de visita, control, deposición y corrección de su maestre, prerrogativas características de una abadía-madre sobre sus conventos filiales. Otros autores, en cambio, defienden la total independencia de Alcántara y Calatrava y niegan, cualquier relación de filiación, yendo incluso más allá, pues rechazan cualquier tipo de dependencia o subordinación entre ambas órdenes militares durante la época medieval. Depende de la interpretación que se dé a la documentación existente, pues cada cronista, en función de su adscripción, tiene su propia opinión. Los alcantarinos lo niegan todo. Los calatravos, en cambio, sostienen lo contrario, para su conveniencia.

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Puede que los calatravos tengan algo de razón en sus pretensiones, pues ya en 1187, cuando el papa Gregorio VIII confirmó las posesiones de la orden de Calatrava, incluyó entre ellas el Pereiro, situado entre Ciudad Rodrigo y Troncoso, como podemos leer en el documento siguiente:

in puibus haec orooriis duximus exorimenda vocabulis: (...) El Pererii. inter Civitatem Rodriga et Troncoso cum omnibus possessionibus et pertinentiis suis ...“‘

Es muy probable la identificación entre “El Pererii” y San Julián del Pereiro. Sin embargo, los alcantarinos dudan de dicha identificación. De aquí la controversia entre alcantarinos y calatravos.

¿Cuándo aparece el nombre de Alcántara definitivamente asociado a la institución conocida como San Julián del Pereiro?

En 1213 Alfonso IX de León recuperó definitivamente la importante plaza de Alcántara para la causa de la Cruz, y a partir de este momento, León trató de atraerse a la poderosa orden de Calatrava, cuyas posesiones obraban en tierras castellanas, para que en caso de un más que probable conflicto castellano-leonés dicha orden no combatiese a favor del rey castellano. No olvidemos que en la cruzada que culminó en la batalla de las Navas de Tolosa, ni León ni Portugal participaron, por desavenencias entre los Alfonsos, el leonés y el castellano, y de ambos con el rey de Portugal, otro Alfonso más. En mayo de 1217 Alfonso IX de León concedió la villa y fortaleza de Alcántara para que los poderosos freires calatravos sentasen ahí sus reales y fundaran un convento para servir al rey leonés y combatir desde allí a los mahometanos.

Sin embargo, de forma algo sorprendente, los freires calatravos rubricaron en 1218 un acuerdo con la orden leonesa de San Julián del Pereiro, por el que cedían todas las posesiones calatravas en el reino de León a los sanjulianistas, para que instalaran en Alcántara su sede conventual central y asumieran los servicios que el rey leonés había encomendado inicialmente a la orden de Calatrava. Aunque no conocemos muy bien las razones de esta decisión calatrava, cuya orden estaba muy bien asentada en las tierras castellanas más meridionales, fue quizás por falta de recursos económicos y humanos para establecer un convento central en el reino de León, tan alejado de sus bases de poder. No obstante, este acuerdo impulsó definitivamente el desarrollo de la orden del Pereiro, aun a costa de significar cierta subordinación a la orden de Calatrava, pues los freires del Pereiro se comprometieron a recibir la visita y acatar la obediencia del maestre de Calatrava. La orden de Calatrava, a cambio de esta moderada supeditación, cedía a éstos Alcántara y todas sus posesiones, escrituras, privilegios y bienes muebles en el reino de León. Desde luego, los cronistas alcantarinos han puesto toda la pasión del mundo en negar tal subordinación. Los cronistas calatravos, en buena lógica, opinan lo contrario: que la Orden de Alcántara estuvo supeditada a la de Calatrava.

 Sea como fuere, es en este preciso instante, en el año 1218, cuando la orden del Pereiro traslada sus bártulos a Alcántara y pasa a denominarse Orden de Pereiro y Alcántara. Si algo tenían en común ambas instituciones era su filiación a la orden del Císter. La Orden de Alcántara adoptó como insignia el peral, símbolo del Pereiro y dos trabas a semejanza de las de Calatrava. La denominación definitiva de “Orden de Alcántara” se alcanzó en tiempos del Maestre D. Fernán Páez (1284-1292), cuando el convento de San Julián de Pereiro y el resto de las posesiones de la Orden en el reino de Portugal se convirtieron en una encomienda de la Orden, con su correspondiente comendador, y “así el Maestre quedó ya con solo el título de Maestre de Alcántara”.

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De facto, ambas órdenes militares, Alcántara y Calatrava, permanecieron íntegras como instituciones separadas, con sus respectivos maestres e independencia propia. Aunque sí que existieron pleitos y desavenencias entre ellas. Uno de los mayores problemas fue el derecho de visita de los responsables calatravos a los alcantarinos, algo que a estos últimos repateaba sobremanera, pues desde el punto de vista alcantarino, las visitas del Maestre de Calatrava, que no eran tantas ni tan continuas, eran un signo del legítimo control de la orden de Calatrava sobre la de Alcántara. De hecho no hay noticia de ninguna visita del maestre de Calatrava al de Alcántara antes de 1318, y en realidad ese derecho se fue debilitando paulatinamente por el cuantioso tiempo transcurrido para ejercerlo efectivamente. Lo que ocurre es que la visita de 1318 debió ser bastante sonada precisamente por la falta de costumbre.

En realidad, la orden de Alcántara fue filial del Císter a través de la abadía-madre de Morimond, pero no fue filial de Calatrava, sino que la relación fue más fraternidad con una leve supeditación de Alcántara a Calatrava. Y eso a pesar de que la Orden de Calatrava trató de inclinar en ocasiones la balanza de esa subordinación a su favor.

Las relaciones entre la orden de Alcántara y los templarios fueron particularmente conflictivas hasta comienzos del siglo XIV, y en buena medida debido a problemas ganaderos. Las controversias alcanzaron su punto culminante en la lucha abierta de 1308 y sólo terminaran con la disolución definitiva de los templarios en el concilio de Vienne de 1311-1312, lo que permitió a la orden de Alcántara acrecentar sus posesiones a costa de los expropiados bienes templarios. Este hecho no hizo más que abrir nuevos conflictos con otras órdenes, principalmente con los hospitalarios, pues el papado había decidido incorporar los antiguos bienes templarios a la orden de San Juan del Hospital en la corona de Castilla.

Pases Disponibles

Bibliografía, Créditos y menciones

Texto propiedad de Diego Salvador

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