Rutas con Historia

¿Eran realmente tan malos los cartagineses como los pintaron los romanos?

Guerras Púnicas, tres guerras durante las cuales se enfrentaron romanos versus cartagineses entre los años 264 a.C. y 146 a.C. Perfidia Púnica

¿Eran realmente tan malos los cartagineses como los pintaron los romanos?

Me he preguntado cientos veces que pasaría si Cartago hubiese aplastado a su rival romano en las Guerras Púnicas. Ahora seguramente no estaríamos aquí, y los que estuviesen hablarían alguna lengua derivada del púnico y no del latín. Y nuestras raíces culturales no serían grecorromanas sino púnicofenicias. Y el cristianismo no sería la religión más extendida por Europa, sino alguna forma de "baalismo" oriental (¡ojo, que el cristianismo es una religión de raigambre oriental, pues no olvidemos que es una herejía del judaísmo, por mucho que los más recalcitrantes y ortodoxos de entre los cristianos no lo quieran reconocer!). Y los cartagineses serían los buenos y los romanos los malos, porque ya sabemos que el vencido, además de ser vencido, paga los platos rotos de la propaganda del vencedor, y es declarado el malvado de la película. Y de ello se encargaron los grandes historiadores grecorromanos, de hacer leña del árbol caído y echar pestes del derrotado adversario norteafricano venido del otro confín del Mediterráneo. Si Aníbal, después de aplastar a cuanto ejército romano se le enfrentó durante sus campañas italianas, se hubiese decidido a marchar contra una ciudad de Roma atemorizada, anonadada y prácticamente indefensa, otro gallo nos cantara. Pero quizás le pudo el peso de la Historia o la falta de suministros desde la madre patria, cuyos mandamases deseaban dar una lección a la arrogancia de la familia Barca, a la que pertenecía el genial estratega cartaginés, que estaba sacando las castañas del fuego a la república oligárquica púnica y a sus gerontócratas. Aníbal quedó como uno de los grandes representantes de la perfidia púnica, al jurar odio eterno contra el inflexible enemigo romano.

Tito Livio habla de las grandes cualidades de Aníbal, pero añade que sus vicios eran igualmente grandes, de entre los cuales destaca su «perfidia más que púnica» y su «inhumana crueldad». Para el primero no parece existir mayor justificación que su consumada habilidad en tender emboscadas. En lo concerniente al segundo, no fue un hombre especialmente cruel, aunque en ocasiones tuvo que tomar decisiones que estaban a la orden del día en la guerra antigua. Nada extraño en un militar, de hecho. Tenía, ciertamente, enemigos implacables, y su vida representó una constante lucha contra el destino.

Del concepto de perfidia púnica que los historiadores romanos convertirían en sinónimo latino de traición, y en el marco de la cual nos han sido transmitidos los escasos datos que poseemos acerca de las peripecias de los Bárcidas o Bárquidas, podemos entresacar que detrás del desprecio y los prejuicios romanos latía también un miedo cerval, mezclado con la admiración por un linaje (el de Amílcar, Aníbal y los Asdrúbales), capaz de llevar a cabo empresas inimaginables; que hizo renacer el poder de Cartago en tierras lejanas (Hispania); que desarrollaría maniobras, tácticas y pacificaría territorios muy hostiles, conduciendo para ello poderosos y complejos ejércitos con un rotundo éxito, la mayoría de las veces sin el respaldo de los órganos de gobierno de la metrópoli, pero mostrando a la vez, en todo momento, la máxima lealtad hacia la misma, poniendo contra las cuerdas a la que acabaría siendo a raíz de estos enfrentamientos la mayor potencia del mundo antiguo.

El pueblo y la cultura cartaginesa fue denostada y vilipendiada por la mayoría de los historiadores romanos (Tivo Livio principalmente) y filorromanos (Polibio), igual que la cultura romana y griega fue desacreditada seguramente por los cronistas cartagineses, lo que pasa que el punto de vista de éstos no nos ha llegado, tal fue la obsesión por borrar del mapa al rival. Lo que sí sabemos es que los cronistas grecorromanos describieron los hechos desde su óptica y escribieron con clara intención propagandística, con lo que dejaron en sus contemporáneos, y hasta nosotros, una imprecisa descripción de Cartago llena de crueldad, bajeza, artería y malas artes, la célebre perfidia púnica. Que no debió ser tal, pues quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

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¿Acaso no fue menos pérfido el canalla comportamiento de los generales romanos durante la guerra de conquista de Hispania? Fue la actuación de una potencia, que al igual que Cartago, tenía un planteamiento imperialista, cruel y trapacero. En poco se diferencian en su actuación en líneas generales romanos y cartagineses. Lo que pasa que sólo debía quedar uno, y esa suerte recayó en el pueblo romano, quizás más persistente y constante en sus acciones que el púnico, acaso más indolente en ocasiones. Y es que Roma podía retirarse, perder una batalla, pero siempre acababa por volver, como McArthur en la guerra del Pacífico. Y no sólo volvió, sino que venció en las tres grandes guerras que disputaron por la supremacía del Mediterráneo. Aunque quizás fueron sólo dos los de esta índole, la I y la II, con los contendientes más emparejados en fuerza. La III guerra púnica fue de exterminio. De exterminio de los restos de la antaño poderosa potencia cartaginesa. Y con esta acción denigrante, superaron la perfidia púnica de lejos, puesto que desde la derrota en Zama (II Guerra Púnica), los cartagineses se habían mostrado, en virtud de los tratados de paz con Roma, como leales aliados y pagando religiosamente la cuantiosa indemnización impuesta por los victoriosos romanos. Pero una de las facciones quería destruir para siempre los restos del Estado cartaginés, y no pararon hasta que convencieron a sus conciudadanos de la bondad de este hecho ignominioso (con un "Delenda est Carthago", acaba sus discursos Catón el Censor).

Uno de los ejemplos, tibio, eso sí, en que se puso de manifiesto la perfidia púnica, según la claque romana, fue cuando Asdrúbal, copado por los romanos en un desfiladero, y en clara situación de inferioridad, entabló conversaciones con Claudio Nerón en las que le aseguraba que si le dejaba retirarse indemne se replegaría seguidamente hasta África abandonando así la península Ibérica. El romano embriagado de gloria ante la perspectiva de triunfo, aceptó la propuesta, quedaron así al día siguiente para firmar el tratado, consignar por escrito todos los detalles como la entrega de las fortalezas etc. etc. El cartaginés dilató todo lo que pudo las conversaciones, y mientras fue retirando a sus tropas de la vista de los romanos, logrando salir sin demasiadas pérdidas de tan peligrosa situación. Nada serio, vamos.

Pero mucho más impactante que este hecho militar, formaba parte de la leyenda negra púnica (y por tanto de la perfidia púnica) los sacrificios de niños a Moloch, exaltados por los escritores latinos. No en vano, Plutarco, asevera (De Superstitiones , 171) que:

Antes de que la estatua fuese llenada se inundaba la zona con un fuerte ruido de flautas y tambores, de modo que los gritos y lamentos no alcanzaban los oídos de la multitud.

Parece que en los templos del dios Moloch o Baal se encontraba una enorme estatua hueca de bronce del dios con la boca abierta los brazos extendidos, dispuesto a recibir el sacrificio. Dentro de la estatua se encendía un fuego que se alimentaba continuamente durante el holocausto. En ocasiones los brazos estaban articulados, de manera que los niños que servían de sacrificio se depositaban en las manos de la estatua, que por medio de unas cadenas se levantaban hasta la boca, introduciendo a la víctima dentro del vientre incandescente del dios.

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Bibliografía, Créditos y menciones

Texto propiedad de Diego Salvador Conejo
Fotografías propiedad de M. Carmen Diez Carrera.

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