Rutas con Historia

Manuel Montes de Oca

Artículo sobre Manuel Montes de Oca 1804-1841 al que Benito Pérez Galdós dedico uno de sus Episodios nacionales en el que se relata su levantamiento de 1841

 Manuel Montes de Oca

         El trágico final de un Ministro al terminar  la guerra carlista.

 

Preámbulo

 

Por un ideal

 

En la historia española del siglo XIX, algunos hombres pasaron a la posterioridad por sus logros, por participar en las acciones de los acontecimientos que les tocó vivir y también por que no, por los amoríos en los que estuvieron implicados; pero otros por el contrario, aun siendo sujetos activos en la historia y la literatura española de este siglo, sus nombres han desaparecido de la mente de todos, quedando únicamente reseñados en los libros como mera curiosidad.

Como nos dice Baroja en su novela Van Halen, oficial aventurero:

 

            “..En España se han olvidado casi por completo los hombres de la primera mitad del siglo XIX. La restauración y la Regencia, formadas por políticos y por periodistas mediocres, mostró interés por exaltar la segunda mitad del siglo XIX  y darla como la más importante en nuestra historia.

                Los hombres de la primera mitad del siglo, el Empecinado, Torrijos, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero, se distinguieron por su carácter, su valor y su energía. Los de la segunda mitad, los Cautelar, los Pi y Margall, los Salmerón y los Canovas, como maestros de cultura, no estuvieron a la altura de los otros como maestros de energía. Así, a pesar de su exaltación, sostenida por políticos y por periodistas adocenados, se van olvidando rápidamente.”

 

Puesto que el olvido es una actividad más del ser humano y ya que nuestra búsqueda ha dado sus frutos, vamos a sacar a la luz en éste artículo un folleto que narra hasta en el más mínimo detalle, los últimos días de un ministro del gobierno bajo la regencia de Espartero, dejando de lado las descripciones históricas y genéricas que traten sobre él, subsanar de alguna forma esta tendencia sociológica general, y poner en valor a la persona.

De tal manera que procederemos a resaltar las cualidades humanas ante situaciones excepcionales en éste artículo; hablaremos del trágico final de Manuel Montes de Oca, secretario de estado y del despacho de Marina a mediados del siglo XIX en la época de la regencia de Baldomero Espartero; que llevado por sus convicciones propias y sus ideales,  mantuvo la firmeza de los mismos hasta espirar y que el escritor Benito Pérez Galdós, se encargó de narrarlo con una aureola de romanticismo al uso. Estos pasajes se pueden leer y consultar en la serie de  los episodios nacionales bajo el título: Montes de Oca.

 

 Manuel Montes de Oca Manuel Montes de Oca

                                                                           

Introducción; Montes de Oca, y de nombre Manuel, fue la cabeza política visible del levantamiento militar que se produjo después de finalizar las guerras carlistas y tras la firma del convenio de Vergara. El exilio de la reina regente Maria Cristina en 1840 y la regencia del general Espartero desde su salida, motivó en Octubre de 1841 que varios militares de alta graduación de la época (O´donnell, General Piquero, Diego de León, Montes de Oca, Conde de Belascoain, Borso di Carminati etc) participaran con el apoyo de la reina en el exilio, de un movimiento contrario al orden establecido y que popularmente se la conoce como la Octubrada de 1841.

Siendo la salvaguarda de los fueros en el norte del país el principal motivo del alzamiento, también se dispuso en Madrid asaltar el palacio real para rescatar a Isabel II y a su hermana, que se encontraban bajo la tutela de la regencia de Espartero desde que se exilió la reina Maria Cristina, y también nombrar un nuevo gobierno en el norte, extensible al resto de las provincias hasta el regreso de la reina.

 

                                   

Proclama Vitoria Proclama Vitoria

 

                                       Proclama Vitoria 4 de Octubre de 1841 de

                                      Montes de Oca. Fuente: B. Koldo Mitxelena.

 

Militarmente, la punta de lanza se situó en Pamplona con la toma de la ciudadela por el general O´donnel y coordinado por Manuel Montes de Oca en Vitoria junto con los sublevados en Madrid, como órgano de gobierno para dictar las leyes, decretos y ordenanzas que deberían regir los destinos de los paisanos según triunfase el levantamiento. Pero el regente Espartero logra sofocar el movimiento que transcurridos veinte días y con la huida de varios miembros de la conspiración y el fusilamiento sin piedad de otros, fue neutralizado el mismo.

 

                                              

Manuel Montes de Oca -1 Manuel Montes de Oca -1

 

                                                     Manuel Montes de Oca

 

Llegado a este punto, citaremos aquí la  biografía de Montes de Oca publicado por el periódico El conservador, de 1841 para poder acercarnos un poco más a él:

 

 

                “…Nació D. Manuel Montes de Oca en la ciudad de Medina Sidonia, pueblo de la provincia de Cádiz, en el año de 1803. Era su familia rica de fortuna, y no poco aventajada en nobleza; pero consistiendo su caudal en diferentes mayorazgos que debían por muerte del padre recaer en el mayor de los hijos; D. Manuel, que era el segundo de ellos, necesitaba indemnizarse con el lucro de una honrada profesión del perjuicio que le ocasionaba la posterioridad de su nacimiento. A principios de 1821 entró en el colegio de guardias marinas, donde hizo sus estudios con tal aprovechamiento, que este curso, que para todos duraba tres años, fue para él  obra de nueve meses. En octubre del mismo año de 21 hizo su primer viaje á la Habana, en el cual dió tales muestras de aprovechamiento, de inteligencia y de aplicación, que mereció siempre el aprecio y la consideración de sus jefes. En el año de 1823 atacaron los insurgentes de Veracruz el castillo de S. Juan de Ulloa, que estaba todavía bajo la dominación española. La corbeta María Isabel en que Montes de Oca servia, en unión con otros buques de la escuadra, vinieron en socorro del castillo. Un recio temporal sobrevino en esta travesía que, desarbolando de los masteleros á la corbeta Isabel, la puso en inminente riesgo. Solo una operación podía salvarla; pero ésta era tan peligrosa y difícil, que nadie se atrevía acometerla. Consistía en subir á la cofa del buque, operación arriesgadísima, mortal casi para quien la ejecuta cuando se ha desarbolado la nave de los masteleros. Solo el intrépido Montes de Oca se prestó á subir, y trepando por el palo mayor, llegó á la cofa y salvó la nave. Premio y no escaso merecía tan noble y aventurada acción, y el Gobierno se apresuró á concedérselo condecorándole con la cruz de marina. En el servicio de la armada siguió Montes de Oca, si bien entregándose á otros estudios incompatibles al parecer con los trabajos de su profesión y con las penalidades de su carrera. En sus navegaciones estudió algunas lenguas vivas; leyó mucho de jurisprudencia y de administración, y se aplicó con bastante fruto á la literatura clásica, de la cual se mostró durante toda su vida grande aficionado. Tradujo y publicó en buenos versos castellanos algunas églogas de Virgilio, é hizo otras muchas composiciones poéticas, entre ellas una elegía á la muerte de su amigo el célebre literato D. Félix José Reinoso, que permanecen inéditas. En 1833, cuando se creó el ministerio de Fomento, le encargó el subdelegado de este ramo en Cádiz la formación de la estadística de su provincia; y con tal acierto logró desempeñar su cometido, y tal reputación le valió su trabajo para con el Gobierno, que á esto mas bien que á solicitud alguna de su parte, debió el ser nombrado jefe de sección en el ministerio de Marina. Era á la sazón teniente de navío; y como su nuevo destino le obligaba á abandonar. su carrera, no pudo desde aquella época ganar ningún otro ascenso. Fue nombrado por la provincia de Cádiz procurador á las Cortes del Estatuto Real, en las que desempeñó por largo espacio de tiempo el cargo de secretario. No tuvo fama de grande orador, pues era muy difícil sobresalir entre los Torenos, los Martinez y los Galianos; pero sí se distinguió siempre como diputado entendido, laborioso y digno como el que mas del importante cargo que desempeñaba. Su palabra era grave, pausada y severa. Sus discursos, improvisados muchos, estaban llenos de fuerza, de razonamiento y de lógica: su estilo era siempre puro, sencillo y correcto; mas su expresión era fría y desanimada: no se revelaba la energía de su alma en la manifestación de sus pensamientos; por lo cual sus oraciones, aunque muy superiores á las de otros que pasan por oradores medianos, causaban sin embargo menos efecto en el auditorio. La misma provincia le eligió por diputado á las Cortes que no llegaron á reunirse de resultas del pronunciamiento de la Granja. Por tercera vez fue nombrado para el mismo cargo, bajo del ministerio del Sr. Ofalia. Comenzaban por este tiempo las disensiones entre el Gobierno y el general Espartero. Deseaban concluirlas los diputados de la mayoría, aunque no todos convenían en la manera de conseguirlo, pues unos opinaban porque no se tuvieran ningunas consideraciones con el general, y otros creían cosa fácil su avenencia con el ministerio. Entre estos hacia cabeza Montes de Oca, quien siendo grande amigo del descontento caudillo, en varias reuniones que tuvieron los diputados, manifestó la confianza que tenia en su honradez y en su lealtad, y aun significó su deseo de que el Gobierno le comisionara cerca de él, prometiendo arreglar amistosamente estas graves diferencias.

Cuando en 1840 fue nombrado ministro de Marina, no se tuvo menos en cuenta su capacidad y su honradez, que su estrecha amistad con el general en jefe.  Más entonces le sirvieron  de poco estos vínculos para atraer hacia su política al caudillo de los ejércitos, Espartero; pues firme este en su propósito de hostilizar a aquel ministerio, mal podían separarle de él atenciones de amistad, cuando consideraciones de mayor peso no habían bastado a alejarle. Cuando el general Espartero pidió la faja para Linage, hizo Montes de Oca  dimisión de su destino. Nadie le ha disputado la fama de probidad que durante él se granjeó. El mismo Eco del Comercio, al inculpar á sus colegas por muchos y diferentes vicios, hizo de Montes de Oca una honrosa excepción, no atreviéndose á poner en duda su integridad ni su buen nombre. Después de la revolución de septiembre ha permanecido en Madrid, donde sufrió hace pocos meses una larga y aguda enfermedad. Restablecido de ella marchó con pasaporte del Gobierno a las provincias vascongadas. Habiendo sido abandonado por los suyos en el levantamiento que allí capitaneó, fue entregado al comandante general de Guipuzcoa por los mismos miñones que le escoltaban, y de quienes no pudo librarse por que iba escaso de recursos. Murió fusilado en Vitoria, victima de sus compromisos políticos…”

 

Después de este apunte, quedémonos con el último párrafo “…victima de sus compromisos políticos”.

 

En 1841, Montes de Oca, es jefe de la conspiración en Álava y al que se prevé proclamar jefe del futuro gobierno. El distinguido general Piquero con el empleo de mariscal de campo y rodeado de un gran prestigio militar, interviene en el pronunciamiento moderado contra el general Espartero, regente del Reino; se alza en Vitoria (de la que era comandante) y en esta plaza, que debía constituir en apoyo del  centro del movimiento, se procede a proclamar una Junta presidida por Manuel Montes de Oca.

 

                                              

 

                                                        

                     

 

                                              

 

                                                   Proclama realizada  por Leopoldo O´donnell,  desde

                                                   la ciudadela de Pamplona el 2 de Octubre de 1841 c.p

 

 

Está prevista la sublevación de O'Donnell en Pamplona y Diego de León en Madrid. Los planes contemplan asimismo que tome en Bilbao el mando Santos de la Hera y en San Sebastián Urbiztondo. Montes manda la redacción de varias proclamas** y de los primeros decretos**. Espartero será declarado usurpador, se proclamará regente a María Cristina, y hasta su llegada se harán cargo de la regencia, Montes, Isturiz y Diego de León. El 4 de octubre se subleva Pamplona. El movimiento tiene éxito, en un primer momento en Vitoria y Pamplona, pero para entonces había fracasado en Madrid, abortándose desde el principio en San Sebastián. Montes de Oca constatando el fracaso, se escapa, pero apresado por los miñones, es fusilado en Vitoria.

 

 

                                              

 

Mariscal Piquero Mariscal Piquero

                                                                              Mariscal Piquero

 

 

Contenido:

 

Sobre la sublevación de 1841, a la que  algunos han llegado a llamar dentro de la historiografía española de “parlamentarismo pretoriano”, por la facilidad con la que fueron realizados los alzamientos en el siglo XIX, podemos decir que existe una variada bibliografía de consulta entre los que destacan los folletos, los bandos, las proclamas, las noticias recogidas en los diarios de la época así como en  los libros sobre las causas criminales juzgadas sobre aquellos sujetos que estuvieron relacionados con el alzamiento de octubre de 1841; pero el propósito de éste artículo, como anteriormente hemos indicado, no va a ser reseñar y menos mencionar a todos aquellos a los que la literatura pudo retratarlos tanto en los actos como en las acciones. Preferimos en este caso, describirlos con un prisma distinto, con una óptica más personal.

Comprobaremos que la diferencia por la cual se describen los matices de los hechos, de los “tempos” y de las consecuencias sobre los últimos instantes en los que pudo participar Montes de Oca, aun habiendo transcurrido más de 175 años, y por la lectura de los mismos, nos llevará al instante final de la cruda realidad siempre  apartada y olvidada.

Las últimas horas de Montes de Oca, las confrontaremos de una parte, con el ambiente y la época bajo la aureola romántica al uso, sobre la base del libro del ilustre escritor  Benito Pérez Galdós y por otra parte, con la realidad y frialdad con la que el jefe político de Vitoria (delegado del gobierno), Jacinto Manrique y Manso, procederá a notificar estos últimos momentos al gobierno de la nación, sobre sus últimas horas y lo que dispuso para el conocimiento del gran público. Este último folleto, está bajo guarda de la biblioteca nacional, es accesible en red y con epígrafe VC/1262/271102751002 en la sala de recoletos de la misma. El título del folleto es el siguiente:

 

 

                Parte dado por el gefe político de Álava al Escmo. señor secretario de Estado y del Despacho de la Gobernación de la Península, en 21 de octubre de 1841, y últimos momentos de la ecsistencia de D. Manuel Montes de Oca Autor Manrique y Manso, Jacinto   Editor:[s.n.]Fecha 1841

 

Como hemos avanzado, ambos escritos marcan y relatan de una manera totalmente diferente pero con los mismos datos, las últimas horas de la existencia del finado Manuel Montes de Oca; y cuando citamos como diferente, nos referimos al terrible salto en el  nivel de crudeza y de realidad narrado por uno u otro, y al detalle y a la crueldad del fin de su existencia según la descripción que se lea. Confrontándose entre ambos el romanticismo o la literalidad tras mantener Montes de Oca, sus compromisos políticos.

 

Comenzamos con Benito Pérez Galdós, y daremos más tarde paso a Jacinto Manrique Manso.

 

Nos dice el ilustre escritor Benito Pérez Galdós lo siguiente en relación a Montes de Oca:

 

“..Cuando volvió a la capilla, que los ordenanzas  habían arreglado en lo que se persigna un cura loco, poniendo en su lugar cada sagrado objeto, y la Dolorosa y el Cristo, encontró a Montes de Oca en el momento solemnísimo de oír su sentencia de muerte. Habíase vestido y acicalado con todo el esmero posible en la pobreza  de su cárcel, y en su rostro grave y triste no se advertía ni temor ni arrogancia. Contaba ya con la muerte, y aceptábala sin creer que la merecía, como el coronamiento más digno de su desastre revolucionario. Vivir vencido con vilipendio no era muy airoso, y la noble causa que había defendido se sublimaba con la sangre de los que intentaron ser sus héroes. A la pregunta de si ampliar quería su declaración de la noche anterior, respondió que se confirmaba en ella. Se había sublevado contra el Gobierno, induciendo a paisanos y tropa a la rebelión, porque en conciencia creía que era su deber desobedecer a Espartero. Para él toda autoridad que no fuese la de la Reina Doña María Cristina, era ilegal y usurpadora. Declarose miembro del Gobierno Provisional, que proclamaba la Regencia legítima, y como tal expidió decretos y efectuó diferentes actos gubernativos. ¿Quiénes eran sus cómplices? Todos los corazones leales. Su honor no le permitía decir más.

 

 

Procurando sobreponerse a esta ridícula  mujeril flaqueza, volvió el Coronel a la capilla y encontró a Montes de Oca ya confesado. El General Aleson había entrado a visitarle. Agradeciéndole su cortesía y caridad, pidió el reo se le permitiese dar vivas a Isabel II, a la Reina Cristina y a los Fueros. En delicada forma, excitándole a renunciar a estas demostraciones inoportunas, negó su permiso el General. No debía pensar más que en Dios, apartando en absoluto su espíritu de toda idea política. Asimismo quiso el mártir que se le consintiera mandar el fuego, y con tal afán lo pedía, que hubo de acceder Aleson, recordando que había no pocos ejemplos de esta tolerancia en la rica historia del fusilamiento nacional. Pero al propio tiempo que la autoridad militar asentía, protestaba la eclesiástica: el sacerdote declaró con grave acento que el dar la víctima las voces de mando en acto de tal naturaleza, era contrario a los principios religiosos. La muerte en esta forma consumada era un suicidio, y por ningún caso la autorizaba.

Ausente el General, después de reiterar al preso sus sentimientos de piedad y cariño, se

reanudó la cuestión, pues Montes de Oca insistía en mandar el fuego, y el cura, inflexible, llevando su negativa a los extremos de la intolerancia, declaró que se retiraría si el reo no se conformaba con que diese las órdenes el oficial encargado de esta triste función. El debate fue empeñadísimo: tomó Ibero partido en él por Montes de Oca, y en apoyo del sacerdote acudieron otros dos clérigos, que hicieron gala de su saber teológico. Por fin, el mismo Coronel, viendo que se prolongaba demasiado la con tienda, propuso a su amigo esta forma de transacción:

      «En vez de dar las voces de mando, usted dirá: Granaderos, la religión me prohíbe el mandaros hacerme fuego: el caballero oficial cumplirá este deber. Y para satisfacción de usted, no mandará el oficial; mandaré yo, que es como si usted mismo mandara con su voluntad, no con su palabra». Pareciole al condenado muy aceptable esta proposición, y los clérigos, aunque entre sí rezongaban, no dijeron nada en contra.

            “..La hora se acercaba. Trajeron un breve almuerzo que D. Manuel había pedido, y de él  comió muy poco, sin apetito, bebiendo algo de vino y bastante café. Sentado frente a él, Ibero le contemplaba silencioso, sin atreverse a pronunciar palabra: tal era el respeto que aquel inmenso infortunio, soportado con tanta grandeza de alma, le infundía. En el rostro del reo se hacía visible, desde el amanecer, una lenta  transfiguración. Parecía de purísima cera, la frente más blanca que todo lo demás, de una blancura ideal. A ratos, mientras comía, fijaba D. Manuel sus ojos azules en los negros de Ibero. Era el cielo mirando a la tierra. La expresión inefable, dulce y amorosa de aquellos ojos removía toda el alma del Coronel, y tan pronto le devolvía su valor perdido como se lo quitaba por entero. En una de aquellas miradas, Ibero pensó que el reo quería decirle algo. Sí, sí: llegaba el momento de expresar la última idea de este mundo y pronunciar la palabra última de los idiomas terrestres. Habló nuevamente Montes de Oca con el sacerdote, apartados junto al altar, y luego acercose a Santiago y le dijo: «Amigo mío, le veo a usted demasiado afligido y como temeroso...».

-He tenido miedo -replicó el alavés abrazándole con efusión-; podía mi compasión más que mi entereza. Pero la presencia de usted me restablece en mi carácter, en mi valentía natural. Para no perderla en lo que pueda, me hago cargo de que los dos vamos a morir juntos, sin duda porque merecemos el mismo fin.

Con esta idea, la grandeza de usted se me comunica.

Ya no tiemblo. Yo, ejecutor, soy tan bravo como el reo.

-¿Es hora ya?

-Sí... Un momento más. ¿No tiene usted algo que encargarme?... ¿No tiene algo que decirme?

Aunque ha dejado escritas sus disposiciones, puede haber persona o suceso que se hayan también es apretado... este otro para que usted lo transmita a las personas que me han querido».

-¿A las... a quién?

-A toda persona de quien usted sepa que me ha querido mucho... Vámonos. El tambor nos llama. Salió sin sombrero. En el patio que daba a la calle de San Francisco esperaba una carretela. A ella subió el reo, con el capellán a un lado y el Coronel enfrente. Muy bien cumplida por el cochero la orden de acelerar el paso, pronto llegaron a la Florida. Poca gente había en las calles y a la entrada del paseo. El honrado pueblo de Vitoria hizo al mártir los honores de un respetuoso duelo, alejándose del teatro de su martirio. Las personas que acudieron a verle pasar le compadecieron silenciosas. Algunas le miraron llorando. Durante el trayecto fúnebre, Montes de Oca habló algo con el capellán, menos con el Coronel; el sol hería de frente su rostro, y con su mano bien firme, no afectada ni de ligero temblor defendía sus ojos de la viva luz.

La parte de ciudad que recorrió dejaba en su alma impresión de soledad, de silencio, de olvido. Creyó que muriendo él, moría también Vitoria, la que había sido capital del efímero reino de Cristina. En Cristina pensaba el mártir cuando bajó del coche en el lugar donde formaba el cuadro, y al ver a los soldados del regimiento que llevaba el nombre de la augusta Princesa, de la diosa, del ídolo, de la Dulcinea más soñada que real, sintió por primera vez el frío de la muerte, y una congoja que hubo de sofocar con titánico esfuerzo para que no se le conociera en el rostro...

Pusiéronle en el sitio donde debía morir; le abrazaron nuevamente con efusión el capellán y el Coronel. Las cláusulas del Credo gemían en los labios temblorosos. Santiago no pudo cumplir su promesa de mandar el fuego: su valor, rehecho con ayuda de Dios, a tanto no llegaba. Dos palabras dijo al oficial, mientras el bravo Montes de Oca, con acento firme y sonora voz, dirigía la breve alocución a los granaderos y daba los vivas a Isabel y a Cristina. El Credo seguía lento, premioso... la bendita oración era como un ser vivo que no quería dejarse rezar. Sonó la descarga, y herido en el vientre, el reo permaneció en pie, las manos en los bolsillos del gabán, presentando el pecho a los fusiles. Dio un paso hacia la izquierda; la segunda descarga le hirió en el pecho; se tambaleó, cayendo por fin. Pero continuaba vivo. Ibero se acercó: los azules ojos del mártir le miraron, y sus dos manos señalaron las sienes. Ojos y manos le decían: «Tirarme aquí, y acabemos».Un soldado le remató.

Sólo falta decir, por ahora, que D. Santiago Ibero no se apartó del muerto hasta que le puso con sus propias manos en la fosa, abrigándole con la tierra y señalándole con una cruz. Quédese para otra ocasión lo restante del cuento de este noble militar, el luto que guardó a su amigo, las resoluciones que tomó, instigado por la dulce y trágica memoria del mártir, los falsos caminos por donde le llevaron sus desdichados pensamientos, y los desmayos y caídas que en ellos sufrió hasta encontrar por aviso de Dios la vía verdadera.”

 

 

                       

 

 

 

 

Hasta aquí la narración de Benito Pérez Galdós y el fin de la obra sobre Montes de Oca. Sin embargo como hemos comentado, en este punto confrontaremos la narración del jefe  político con gobierno en Vitoria, y damos paso al folleto con el parte al gobierno de Jacinto Manrique y Manso. El mismo dice así:

 

 

                                    

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                                          B.N: VC/1262/271102751002

 

 

 

Ultimas momentos de la existencia del Éscmo. Sr. D, Manuel Montes de Oca, secretario que fué del despacho de la Marina, Comercio Ultramar y ex-diputado á Córtes por la provincia de Cádiz, titulado Individuo del Gobierno provisional de Reino.,

 

A las nueve de la noche del día 19 fué presentado en la casa del Ayuntamiento D. Manuel Montes de Oca por los miñones de esta provincia de Álava que le prendieron en el parador inmediato a la villa de Bergara, barrio de San Antonio.

Pidió inmediatamente que se llamase al general Alesón  que se presentó al momento acompañado del jefe político que ya le estaba esperando; y enterado este de la necesidad que el preso tenia de tomar algún alimento, se aprovechó para dejar  al General y al Preso solos a  fin de que conferenciasen libremente, del pretesto de disponer cena y cama, si bien esta la repugnaba el Reo, diciendo que pasaría la noche en el sofá en que estaba sentado, aunque dijo hallarse quebrantado por haber andado diez y siete leguas, parte de ellas en un caballo que le había desollado y mortificado mucho.

Cenó una ligera sopa y un poco de jamón con  buen apetito, pues en todo el día no había comido, y a las doce se recogió, habiendo manifestado que nada más necesitaba  por entonces.

En esta primera conferencia se quiso disculpar con el jefe político por haberle tenido preso en la cárcel pública, mas el jefe no quiso que hablase de ello, diciéndolo que pensase en el porvenir, pues lo pasado ya estaba en el olvido. Y solo le dejó decir. “No sabe V. lo mucho que tiene que agradecer pues si hubiera dado oídos a los que me aconsejaban, su suerte hubiera sido muy mala.”

A las cinco de la mañana llegó la contestación del general Rodil para que fuese ejecutado a las diez: en el acto se llamó al cura de San Pedro que le empezó a cristianamente y le confesó: a las siete y media estaba ya dispuesto en lo espiritual. Llamose un escribano, hizo su testamento y se le dejó un rato.

Tomósele una declaración para acreditar la identidad de la persona: dijo llamarse, Don Manuel Montes de Oca, ser natural de Medina-sidonia, de estado soltero, de edad de 37 años; que era individuo del gobierno que debía de establecerse en España; más a la pregunta que se le hizo sobre el origen de su misión solo contestó: Mi honor me impide responder.

Después de esto entraron a conferenciar  con el los mismos General Alesón y poco después el jefe político. Se le pidió a este un carruaje para ir al lugar de la ejecución, contestó que ya estaba prevenido todo cuanto pudiese aliviar su situación. Hablaron largamente sobre su desgracia y sobre los medios que para su proyecto se había empleado. Se vió claramente que le habían engañado sobre los elementos rebelión con que contaban estas provincias; que efectivamente había grandes compromisos en todo el Reino, pero que unos les faltaron ya otros los había destruido el Gobierno. Hablando de un regimiento que venía con un general exclamó…:¡ tal regimiento! Estoy asombrado!¡ Lo mismo había sucedido la noche anterior hablándolo de otro regimiento, exclamó santiguándose.¡Jesús!¡Jesús!

El jefe político  le dijo: Sr. Don Manuel¿por qué no se marcharon V.V la noche (la del 17) cuando tuvo V. pedida la diligencia para la dos de la mañana? “Yo hace cuatro días, contestó, que escribí a Paris que estaba sobre un volcán: bien conocía mi posición; quise ir a Bilbao, mas Piquero no me permitía separarme de aquí. Temía que si  me marcha ha dijeran que se había perdido la causa por mí;que huía de cobarde, y par·a que nunca se me echase eso en cara, creía caso de honor el permanecer al frente: ,mi delicadeza me ha traído a esta situción.”Pidió a un párroco de Medina-sidonia, y el jefe político ofreció también hacerlo a una señora su amiga, a fín deque preparasen a su familiar antes de que los periódicos supiesen de su muerte. Pidió también que se le diese un chaleco, unos tirantes y un peine. Y después de una conversación de mas de media hora, dio un fuerte y afectuoso abrazo al general y después al jefe político saliéndose éste medio trastornado asido del brazo del comandante de reina gobernadora, que daba la guardia: a ambos les dio las más cordiales gracias por las consideraciones y miramientos con los que le habían tratado.

Treinta hombres había en la pieza inmediata; a la puerta dos centinelas con sus fusiles; dentro de la sala otros dos de vista con bayoneta; no se oía aun la respiración; todos tributaban el mayor respeto a la desgracia por medio de un silencio imponente. Luego que se presentó el jefe político en la noche anterior, le cercaron algunos paisanos y solicitaron que se echasen al vuelo las campanas. “No señores, les contestó: no es regular añadir aflicción al afligido. Después que deje de existir, hagan vv. lo que quieran, pero adviertan  vv. que es un español y hermano nuestro ese desgraciado.”

No se pudo verificar la ejecución a las diez como había mandado el General Rodil, pero se dio la orden para que a la una en punto rompiese la marcha. Mas a las doce y cuarenta minutos el Ministro de la religión que le asistía, no pudiendo disuadirle del empeño que tenía de dar la voz de fuego aunque ya lo había logrado sobre el dar las de viva la reina y vivan los fueros, se despidió abandonándole; mas fue detenido por el Jefe político y convocando otros dos eclesiásticos letrados, entre los tres convencieron al reo que en conciencia no debían permitirle la voz de fuego por ser una especie de suicidio, conviniendo en que solo diría “Granaderos, la religión me prohibe el mandaros hacerme fuego; Caballero oficial haga V. su deber” no diciéndose nada de los otros vivas que antes tenía que dar.

A la uno en punto rompió la marcha; subió el primero a la carretela abierta que estaba a la puerta del Ayuntamiento que sale a la calle de San Francisco: dio la mano al sacerdote para ayudarle a subir y se la besó: se compuso el gabán, y marchó toda la carrera con la misma presencia de ánimo que había tenido, y hablando con el sacerdote, y mirando a un lado y a otro con la mayor serenidad, poniéndose la mano en la frente en forma(como suele decirse)de tejadillo para quitarse el sol. Llegados al paseo de la Florida se apeó con mucho aire, se reconcilió, y dijo el Credo; más al llegar a su único hijo sin esperar a que dijese ni hablase nada se le hizo fuego por cuatro granaderos del regimiento Reina gobernadora que daba la escolta, y no cayó; dio un paso hacia delante en dirección oblicua sobre la izquierda, se repitió la descarga por otros cuatro granaderos, y habiendo caído en tierra todavía se agitaba, por lo que se le aplicó la boca de un fusil a la sien y con el noveno tiro quedo enteramente el cadáver inmóvil.

 

Conclusión:

 

Al final y tras proceder a la lectura de ambos textos, existe un gran paralelismo entre ambos relatos pero en el fondo, por mucho que nos lleve la imaginación por el lado más positivo de la ficción, esto es, la valentía, el aventurero, el ideal romántico, la acción heroica, el control personal sobre la situación trágica bajo la amenaza de la muerte, la defensa del finado de sus compromisos políticos llevados hasta sus últimas consecuencias y de retratar la lucha titánica que tiene contra sus captores protegiendo con su vida la misión que tenía, incluso después de su captura e instigación, según la narración del ilustre escritor Benito Pérez Galdós, lo cierto es que Montes de Oca es fusilado bruscamente, sin miramiento, sobre la marcha, según nos relata el folleto del delegado del gobierno y es que además,  siendo más que probable,  fuese disparado por la espalda  para terminar con el asunto y darlo por zanjado, según parece nos da a entender en su parte, el gobernador civil Jacinto Manrique y Manso.

Queda claro según el relato que sus compromisos políticos fueron anulados y neutralizados de golpe para escarmiento y aviso de futuros navegantes.

 

                                  

 

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Manifiesto del Regente Espartero el 06/10/1841 con aviso de aplicar severamente las leyes, reprimir y castigar los delitos de alta traición.

 

Por este motivo, no deja de llamar la atención, la descripción realizada en los últimos seis párrafos del folleto que escribe Jacinto Manrique y Manso y la crudeza con que los cita. Probablemente el fin último de su publicación no fuera era más que publicitar y describir lo que realmente ocurrió y pudo suprimirse esta parte de la narración pero igualmente no es menos cierto que ante la crudeza de la realidad de lo que sucedió, su publicación manifestaba una forma de proceder ante los levantamientos pretorianos y la finalización de los mismos, amparados por las fuerzas gubernativas y de la regencia para la liquidación de los opositores al sistema; aunque tales actos fueron políticamente incorrectos ya que aceleraron  la caída de Espartero por las fuerzas opositoras al mismo en menos de dos años.

Para finalizar, queremos resaltar que nos resulta curioso que el folleto del gobernador civil Jacinto Manrique y Manso, el cual contiene la información política y real sobre lo sucedido y que se hizo publicar a costa del estado en la misma ciudad donde se instaló la opción política del levantamiento y contraria a los intereses de Espartero,  no haya tenido más repercusión  que el de haber desaparecido a lo largo de los años de los libros de historia y que el trágico final de Manuel Montes de Oca  no sea más que un recuerdo novelado; pero al menos, el ilustre escritor Benito Pérez Galdós lo recogió para la posteridad, como homenaje al mantenimiento de sus compromisos políticos.

Pensamos que como muchos folletos de interés general sobre la  historia del siglo XIX,  los mismos quedaron relegados por la importancia de los sucesos que se produjeron y que los convulsos años en los que el regente Espartero  utilizó el poder central y su sangre fría para dar las órdenes con el fin de  deshacerse de aquellos individuos que le habían apoyado en su elevación a la regencia, liquidase su publicidad para preservarse de cuanto pudiera volverse contra él, y silenciar probablemente la existencia de este tipo de publicaciones.

 Al fin de cuentas, lo realmente importante era mantenerse en el poder y los ideales no sumaban.

 

 

Agradecimientos:

 

A Jesús Arrate por sus comentarios siempre acertados en la elaboración del trabajo que presentamos.

 

 

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Proclamas y actos documentos de Manuel Montes de Oca.

 

**04/10/1841  Nobles vascongados y navarros:       Individuo del gobierno que ha de regir a España durante la corta ausencia de S. M la reina gobernadora, he venido a vuestras hospitalarias montañas, a buscar el apoyo principal con que cuenta la Monarquía. Un año hace que la ingratitud más horrible y la sedición mas escandalosa invadieron por la fuerza los regios alcázares, y tiraron incluso abajo los escalones del trono, y abrieron el camino por donde había de entrar a sentarse en él, y llevar el timón del estado, el hombre que había recibido mas recompensas de la nación, mas beneficios y mercedes de su Reina...      

04/10/1841      Soldados:        Ha llegado el momento de cumplir el mas santo de los deberes militares; la fidelidad. Un acto de fuerza privó del gobierno de España a la AUGUSTA PRINCESA a quien sus beneficios hicieron apellidar la MADRE DEL PUEBLO. Desde entonces un diluvio de ultrajes y de males ha caído sobre el ejercito, como sobre todas las demás clases de la Nación..

04/10/1841      Por el Excmo. Sr. D. Manuel Montes de Oca individuo del gobierno provisional de las provincias vascongadas y navarras:       Las adjuntas proclamas impresas que acaban de repartirse al pueblo y a las tropas del pueblo de estas nobles y leales provincias enteraran V. S del carácter público con que ha venido a ellas y del generoso y patriótico pensamiento que represento en este encargo..        

05/10/1841      Gobierno provisional de las provincias vascongadas:          Acabo de recibir por uno de mis confidentes la siguiente comunicación:"En este momento que son las ocho de la mañana acaba de llegar un confidente de las inmediaciones de Pamplona que dice lo siguiente:-Ayer a las cinco y media de la madrugada se hallaban cuarenta voluntarios dirigidos o enviados por O´donnel en la venta de Ascorbe...

05/10/1841      Por el Excmo. Sr. D.Manuel Montes de Oca ,ministro cesante de la secretaria de estado y del despacho de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, Individuo del gobierno provisional de España durante la ausencia de S.M. la reina gobernadora, doña María Cristina de Borbon etc,etc:           Siendo innecesarios, gravosas a los pueblos, y contrarias al Fuero las empresas de los boletines Oficiales de las tres provincias Vascongadas y Navarra, quedan suprimidas desde ahora, reservándose indemnizar a los interesados en ellas, con arreglo a las leyes.

06/10/1841      Por el Excmo. Sr. D. Manuel Montes de Oca ,ministro cesante de la secretaria de estado y del despacho de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, Individuo del gobierno provisional de España durante la ausencia de S. M. la reina gobernadora, doña María Cristina de Borbón etc , etc:        El comercio de la noble invicta villa de Bilbao, había gozado desde muy antiguo de un beneficio necesario a su prosperidad, y no perjudica a las otras provincias de España. La revolución de Septiembre, que nada perdonó, no había de establecer una excepción de generosidad a favor del pueblo denodado que por dos veces salvó la corona de Isabel II CONSTITUCIONAL…

…he venido en mandar lo siguiente: ARTÍCULO UNO. Queda restablecido desde esta fecha el beneficio de bandera de la noble e INVICTA villa de Bilbao.

14/10/1841      Por el Excmo. Sr. D. Manuel Montes de Oca individuo del gobierno provisional de las provincias vascongadas y navarras:       Tarifa de las raciones de pienso que pueden extraer en especie los Generales, Gefes, Oficiales y demás empleados que a continuación se expresan…  

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Bibliografía, Créditos y menciones

Texto y fotografías propiedad de Román Garrido Yerobi

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