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Remedios farmacológicos en el Madrid musulmán

Artículo sobre los remedios farmacológicos en el Madrid musulmán teniendo en cuenta el estudio del paisaje de Madrid en época islámica en los alrededores de Mayrit,

Remedios farmacológicos en el Madrid musulmán

El estudio del paisaje de Madrid en época islámica, y los correspondientes análisis carpológicos, antracológicos y palinológicos, han dado una idea bastante exacta de cómo era el paisaje y los aspectos medioambientales generales, pero también de las especies vegetales, arbóreas y arbustivas, que menudeaban en los alrededores de Mayrit, el Madrid musulmán, entre los siglos IX y XI. Basándonos en esos estudios, podemos realizar una extrapolación en el tiempo y conjeturar algunos de los tipos de remedios que recetaban los médicos mayritíes y qué medicamentos basados en plantas con propiedades farmacológicas pudieron confeccionar los preparadores de medicamentos, tanto si eran la misma persona que el médico, como si se dedicaban en exclusiva a este oficio. Todas las plantas de las que hago someros comentarios eran (y lo son en la actualidad) endémicas de la zona madrileña en los tiempos en que Madrid fue una fortaleza fronteriza andalusí.

Los médicos de Mayrit pudieron utilizar las flores del tilo para preparar tisanas con efectos relajantes, pero también antiespasmódicos. El jugo de su corteza es un buen depurador de la sangre.

El enebro, de sabor dulce, olor fragante y aromático, pudo utilizarse como sahumerio, planta aromática que se quema para dar buen olor al ambiente. Debió usarse, dadas sus propiedades farmacológicas, como tónico diurético, desinfectante e insecticida.

Del castaño se pueden aprovechar, y a buen seguro que los médicos de Mayrit recetaron remedios basados en sus propiedades farmacológicas, hojas, ramas, corteza, amentos[1] y la envoltura espinosa del fruto. Todos ellos poseen propiedades astringentes, ayudan a cicatrizar las heridas leves y a controlar diarreas. No sé si se pudieron utilizar emplastos y cataplasmas a base de castañas en las heridas de guerra, pero posiblemente, junto con otras sustancias ayudarían a cortar las hemorragias en la medida de lo posible.

De los abedules que crecían en las riberas de los ríos (el Manzanares) y los arroyos (San Pedro, Arenal,…), se emplean prácticamente todas sus partes: la flor, la savia, la yema, las hojas y la corteza. Quizás su propiedad farmacológica principal sea la diurética. Ya conocemos la vertiente higienista y dietista de los galenos musulmanes. La diuresis ayuda a eliminar productos tóxicos del organismo, depurando el mismo. Mejor prevenir que curar, era una de las máximas de la medicina andalusí. Las propiedades curativas del abedul fueron remedios eficaces contra afecciones urinarias como cistitis, litiasis u oliguria. Quizás algún médico judío, mozárabe o musulmán se descolgaría recentando para pacientes con posibilidades económicas, aquéllos que comían exceso de carnes rojas, compuestos de savia de abedul para procesos reumáticos y de gota, dadas sus propiedades diurética y antirreumática.

Las hojas de nogal cocidas a temperatura moderada, tienen la propiedad de curar los sabañones causados por un frío que en el siglo IX debía apretar de lo lindo, porque es de prever que las viviendas no estaban tan acondicionadas para las bajas temperaturas de Madrid en invierno como en la actualidad. Pero es que además, las hojas de los nogales eran recomendadas por los profesionales del difícil arte de sanar medieval en loción para curar úlceras y en infusión como coadyuvantes para equilibrar la glucosa en sangre, previniendo una posible diabetes. Y quizás algún galeno pudo recetar, como medida de prevención de muertes más o menos súbitas, como las causadas por los infartos de miocardio, la ingesta de unas cuantas nueces diarias.

 

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La resina y la esencia que impregnan las yemas del álamo, incorporadas en  manteca de cerdo como excipiente, se han empleado en Madrid y sus alrededores desde remotos tiempos para calmar los dolores de las hemorroides.

 Restos de almendros no se han encontrado hasta ahora en los análisis polínicos efectuados, pero la calle del Almendro se llama así desde tiempos inmemoriales por alguna razón, y además se encuentra en plena Morería madrileña. Es de creer que existieron numerosos almendros, tanto silvestres como en huertas, dentro y extramuros de la ciudad de Mayrit y que sus médicos utilizaron sus propiedades farmacológicas. Las almendras son muy digestivas, energéticas y con efecto laxante. Reducen además las inflamaciones del intestino. Tradicionalmente se han considerado un buen remedio contra el catarro que transcurre con tos. Pero también es remedio eficaz contra infecciones como la bronquitis y en general, contra procesos febriles.

 

 La corteza de sauce se ha utilizado desde tiempo inmemorial como antiinflamatorio, en cataplasma, o como febrífugo o antipirético en infusión.  Sus propiedades analgésicas también han gozado de gran predicamento entre la población y los que se dedicaron a lo largo de los tiempos al difícil arte de sanar, como los saidalanis y/o tabib mayritíes.

 

Pero no sólo de las partes de un árbol se nutrían los sailadanis-tabib del Madrid musulmán, pues es conocida de todos los que salen un poco a pasear por el campo, la gran cantidad de especies vegetales de naturaleza herbácea y arbustiva con propiedades farmacológicas.

 

Una de estas especies de las que se han encontrado vestigios durante los estudios anexos a las excavaciones arqueológicas desarrolladas en el Madrid más primigenio es la artemisa. La artemisa resulta ser un excelente tónico digestivo, muy útil en periodos de inapetencia y en la absorción de nutrientes de los alimentos. Pero los médicos mayritíes no sólo conocieron esta propiedad de la artemisa, sino otra muy diferente. Desde muy antiguo se viene utilizando en trastornos ginecológicos, puesto que la artemisa regula la menstruación, tanto en periodos irregulares como cuando se produce descenso del flujo menstrual. La forma más común de administración debió ser en infusión o tisana.

 

A pesar del fuerte olor que desprende el ajo, se han considerado sus beneficios cardiovasculares desde la noche de los tiempos, basándose en pruebas empíricas, obviamente. Los médicos mayritíes, higienistas y dietistas a la vez, pudieron recomendar la ingesta de ajo para prevenir accidentes cardiovasculares, que solían llevar a la muerte. No conocían el porqué de sus propiedades antihipertensivas, pero sí el efecto beneficioso y preventivo de enfermedades cardíacas que producía su ingesta, debido a que mantiene la sangre fluida y reduce los niveles de colesterol y la tensión sanguínea.

 

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Científicos de todas las épocas, como el romano Plinio, han utilizado las flores, hojas y raíces de esa planta denominada primavera. Y han descrito sus efectos beneficiosos, pues están indicados en el tratamiento de desarreglos nerviosos, enfermedades de la piel, calambres, vértigo y convulsiones. La raíz de la primavera se utiliza para fluidificar las secreciones bronquiales, y es eficaz contra la neumonía, el reumatismo y la gota asociada a dicho reumatismo.

Todo aquél que haya paseado por nuestros campos, alguna vez ha tenido un mal encuentro con esa plantita verde que con un simple roce, muerde ferozmente. Me refiero a la ortiga, cuyo contacto produce efectos urticantes en la dermis afectada. Pero es posible que además de su carácter endémico en nuestra geografía y su consideración de mala hierba, algún saidalani escogiera algunos ejemplares de esta “mala hierba” a fin de preparar un buen baño, para él, para sus pacientes, o dentro de los servicios que se ofrecían en el hamman o baño, pues es un excelente tónico para la piel. Como astringente, disminuye o detiene las hemorragias. Pudo recetarse también para tratar las molestias ocasionadas por la fiebre del heno, asma, picores de la piel y picaduras de insectos, que debieron abundar en la región mayrití, sobre todo en las cercanías de los ríos y arroyos. Debieron utilizarse sus propiedades relajantes cuando el paciente tenía muy doloridos los pies tras un día duro de trabajo. Es posible que los campesinos pudieran utilizar las ortigas después de su jornada habitual.

La malva silvestre, que abundaba y abunda en la actualidad en los alrededores de Madrid y su Comunidad, se utiliza como cataplasma para ablandar forúnculos, y aliviar picaduras de abejas, mosquitos y quemaduras. Como infusión, se utilizó contra inflamaciones intestinales, dolor de estómago y garganta, estreñimiento, artritis y gota. Y un buen baño con hojas de malva trituradas purifican la circulación sanguínea, dadas sus propiedades germicidas y sedantes.

Recuerdo perfectamente de mis años de estudiante de Farmacia, las propiedades hepatoprotectoras del cardo mariano. A buen seguro, que más de un tabib mayrití utilizó su eficacia farmacológica contra intoxicaciones hepáticas ocasionadas por la ingesta, accidental o no, de un exceso puntual de alcohol (no olvidemos que la relajada moral islámica en al-Andalus, toleraba e incluso permitía tomar vino), drogas, otras medicinas o una opípara comida que no sentó nada bien al paciente. Pues ayuda a eliminar las sustancias tóxicas que perjudican al hígado ocasionadas por esta mala práxis. Si el paciente estaba afectado de hepatitis vírica, o cirrosis hepática, que el tabib podía diagnosticar certeramente simplemente palpando la zona donde se encuentra la principal fábrica de nuestro cuerpo, recetaba una buena dosis del fruto de cardo mariano en infusión para aliviar los síntomas del enfermo. Además, en el caso de personas que no pudiesen evacuar correctamente, una buena infusión de este tipo de cardo, y solucionado, habida cuenta de su efecto laxante.

La destilación de los pétalos de rosa para obtener agua de rosas proviene casi seguro de la antigua Persia. Y de aquí pasó el conocimiento a los árabes, quienes lo introdujeron en occidente en el siglo X. En Madrid hay rosales silvestres, y existieron en el viejo Mayrit pues los estudios de polen asociados a las técnicas de excavación arqueológica así lo han atestiguado. Probablemente se utilizó en los baños públicos, pero también en los baños privados de los notables de la ciudad, por su perfume embriagador. El agua de rosas es excelente para lavarse la boca. Además suaviza la piel agrietada, escamosa y arrugada.

 

 

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Otra rosácea cuya presencia se ha documentado en el Madrid islámico es la zarzamora. La hoja, en forma de infusión se pudo utilizar contra afecciones del sistema digestivo y para aliviar los síntomas de la gripe, de resfriados comunes y contra los ataques de tos. Las hojas trituradas se pudieron utilizar en forma de compresas, que se aplicaban directamente sobre heridas y hemorroides.

 

Los médicos mayritíes utilizaron las propiedades farmacológicas del endrino, arbusto que alcanza en ocasiones un gran tamaño, casi una envergadura arbórea. Las flores en tisana se han utilizado como laxantes. Los frutos triturados, en forma de cataplasma tuvieron acción cicatrizante, antiinflamatoria y antihemorrágica.

 

Del madroño, el arbusto más célebre de Madrid, también está atestiguada su utilización. La corteza y las hojas secas se ha utilizado en infusión, y desde la noche de los tiempos, como diurético, astringente y antiséptico urinario, para combatir infecciones urinarias como las cistitis y la formación de cálculos y cólicos renales.

 

Estos son solamente unos ejemplos de los usos terapéuticos que los profesionales del difícil arte de sanar mayritíes pudieron dar a las especies vegetales más frecuentes en la zona, y de las que ha sido documentada su existencia en ambientes domésticos madrileños fechados entre los siglos IX y XI.

 

[1] Inflorescencia racimosa, generalmente colgante, característica de ciertos árboles.

Bibliografía, Créditos y menciones

Texto y fotografías propiedad de Diego Salvador Conejo

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