Rutas con Historia

Alcalá La Vieja

La construcción musulmana data del siglo IX posiblemente fue obra del emir Muhammad I que fortificó las defensas del Estado andalusí en la Comunidad de Madrid

Alcalá La Vieja

Para llegar hasta la fortaleza hay que tomar desde Alcalá de Henares la carretera M-300 dirección Arganda del Rey. Pasada la plaza de Trajano, atravesar el “Puente Zulema” sobre el río, y a unos 400 metros, junto a unas naves industriales aparece el acceso al Parque Natural de Los Cerros, donde se encuentra un aparcamiento. No se puede girar directamente, pero pasado el puente, enseguida tomamos una rotonda que nos permite girar en sentido contrario y acceder al aparcamiento. Tomar la pista que sale del aparcamiento y que está señalizada con postes pintados de azul en su extremo. Esta pista nos lleva andando tranquilamente en menos de una hora hasta los restos de una fortaleza de ápoca islámica que domina el río Henares y los arrabales alcalaínos adyacentes a la ermita de Nuestra Señora del Val, que utilizaremos como referencia para descubrir el punto exacto donde se halla el castillo.

Descripción

Los restos de la fortaleza de Qal´at Abd Al-Salam (Alcalá La Vieja) se hallan situados en la orilla izquierda del río Henares, sobre un cerro situado a los pies del cerro testigo conocido como  Ecce Homo (836 m), enfrente de la ermita de Nuestra Señora del Val. Tiene una larga cronología que se remonta a la Edad del Bronce, pero también se han excavado restos arqueológicos de la Edad del Hierro y de época romana.

En el cerro aledaño del Ecce Homo, se encuentra un yacimiento del Bronce Final y de la Edad del Hierro del que sólo se pueden ver las ruinas de la antigua Ermita de la Vera Cruz.

Qal´at Abd Al-Salam, el “castillo de Abd Al-Salam”, se denominaría así en honor a Abd Al-Salam, el caudillo encargado de la defensa de aquellos parajes bajo las órdenes del gobierno central cordobés. Se halla emplazada en un cerro cortado a pico por su lado norte, a cuyos pies transcurre el río Henares. Es una grandiosa ruina, que ha merecido varias campañas de excavaciones arqueológicas, campañas que no se han dado finalizadas, ni mucho menos, pero cuya realización depende del flujo de capital destinado a estos menesteres culturales, para los que no hay demasiado, por desgracia. Es una de las mayores obras militares musulmanas en la comunidad madrileña.

La construcción musulmana data del siglo IX, y posiblemente fue obra del emir Muhammad I (852-886), que fortificó las defensas del Estado andalusí en la Comunidad de Madrid, dentro de la línea defensiva que se dio en llamar Marca Media. La fortaleza se ha reconstruido y reformado después de la ocupación cristiana. La más completa de estas reformas fue la ordenada por el arzobispo Pedro Tenorio en la segunda mitad del siglo XIV. En los aledaños del castillo existían dos arrabales, uno por encima de la fortaleza, y otro de mayor extensión al otro lado del barranco que separa el cerro del castillo del próximo Malvecino frente a la torre albarrana.

La planta del recinto fortificado es irregular y aprovecha la topografía del cerro, cortado también por sus lados sureste y oeste mediante profundos barrancos, que lo aíslan totalmente. Adosados a la muralla existieron 8 torreones (9 según algunas  fuentes) de los que se conservan actualmente la torre albarrana, bien conservada,  y restos de otras tres, en muy mal estado. Dentro del propio recinto hallamos vestigios de tres silos y un gran aljibe subterráneo de planta rectangular cubierto con una bóveda de cañón reforzada con arcos fajones de medio punto y en buen estado de conservación. En la puerta principal reconocemos el arranque de la herradura característica de las entradas hispanomusulmanas. Es una puerta formada por un paso en el que se abrían dos arcos de herradura, de las que perduran las dovelas de una de ellas. En las jambas distinguimos 4 agujeros por parejas a ambos lados en los que se debió apoyar la estructura de alguna puerta de material perecedero. Esta entrada sería del mismo estilo de las Puertas de Alcántara o Valmardón en Toledo.

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La torre consolidada, la Albarrana (fuera del recinto), es de planta cuadrada. Parte de la obra islámica original ha sido reconstruida posteriormente. Tiene unos doce metros de altura, presentando la característica presencia de ladrillos en sus esquinas y bandas de este mismo material enmarcado la piedra.

Las otras torres, caídas la mayoría y en estado ruinoso, son obra mixta de tapial en su interior recubierto al exterior.

El aljibe se orienta hacia el norte, en dirección al río y consta de una gran nave abovedada, reforzada por arcos fajones, en obra de ladrillo y de gran dimensión. Sus muros presentan restos de almagra o pintura rojiza para evitar filtraciones, y un agujero para la conservación del agua potable y su ventilación.

Se piensa que aneja al castillo habría una población civil emplazada en el cerro vecino, donde han aparecido restos de tejas, ladrillos y fragmentos de cerámica medieval, árabe y cristiana.

Alcalá la Vieja fue fundada en el siglo IX por los musulmanes, que eligieron este lugar próximo a las ruinas de la Complutum romana, reaprovechando parte de sus materiales. Su situación es estratégica frente a la llanura de la Campiña y separado de ella por el foso que forma el propio río Henares. El propio escudo heráldico de la ciudad alcalaína representa la vieja fortaleza y el cauce fluvial a sus pies.

Pocas noticias nos han llegado de la historia de Alcalá durante los tres siglos de dominio musulmán, exceptuando alguna cita que la describe como fortaleza defensiva situada a caballo entre Madrid y Guadalajara. Fue ocupada por los castellanos entre 1083 y 1085, a partir de la caída de Toledo en 1085 en manos del rey Alfonso VI de Castilla.

Una vez derrumbado definitivamente el poder califal en 1031, por descomposición interna, con la consiguiente fragmentación de Al-Andalus en multitud de pequeños reinos de taifas, los reinos cristianos aprovecharon la favorable situación para sus intereses para llevar sus fronteras cada vez más hacia el sur. Esta situación provocó la llamada de socorro de algunos monarcas hispanomusulmanes al gran poder surgido en el norte de Africa, levantado por fanáticos islámicos surgidos de las arenas del desierto, los almorávides, que pasaron a la Península y lograron hacer retroceder a los cristianos, que ya se veían en un paseo triunfal expulsando de la Península hasta el último musulmán. En uno de los contraataques almorávides, Alcalá la Vieja fue reconquistada para la Media Luna, y permaneció en su poder hasta 1118, fecha en que el arzobispo de Toledo D.Bernardo lograría recuperarla. Eran tierras que se las había concedido el rey, y como tal, le urgía recuperarlas.

Alfonso VII confirmo la donación de Alcalá al arzobispo toledano y dispuso en 1135 poblar el llano adyacente al otro lado del río, otorgando curiosas prebendas para que la población no abandonase Alcalá la Vieja, lugar evidentemente estratégico para los planes de la Corona: pagaría una cuarta, aquél que morase en el castillo, la mitad de impuestos que los que habitaban la villa del llano.

En 1195 fue asaltada de nuevo por los guerreros de otra corriente musulmana procedente del desierto, los almohades, que habían derribado a su vez el imperio almorávide. Con tanto jaleo, fue perdiendo población en beneficio de la nueva Alcalá de Sant Luste (de Henares) que surgía en el valle del Henares, como había surgido en época romana.  

A pesar de todo, parece que el lugar no quedó deshabitado del todo, pues hasta bien entrado el siglo XVI, se continuaron conservando las edificaciones de la vieja fortaleza. La principal reforma se llevó a cabo durante el arzobispado de D. Pedro Tenorio en 1396.

Todavía en el siglo XVI se describía Alcalá la Vieja como una fortaleza grande, aunque gran parte de la muralla estaba derruida, que distaba media legua de Alcalá.

Pascual Madoz, a mediados del siglo XIX da la siguiente noticia sobre el emplazamiento: “…en un cerro en la orilla izquierda del Henares sobre el cual se describen sólo las ruinas del antiguo castillo y algunas cristianas o aljibes pertenecientes sin duda a la fortificación que fue ganada a los moros por el arzobispo Don Bernardo, quien situó a sus tropas en un cerro llamado Malvecino”.

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Bibliografía, Créditos y menciones

Texto y fotografías propiedad de Diego Salvador Conejo

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